Cenizas del alma

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En un rincón del comedor, dónde aún queda algo de aire, me escondo casi en posición fetal. Enfrentando esta situación que he decidido crear, esta decisión que liberará a todo el mundo que estaba encadenado a mis manos.

Mis ojos se cierran a ratos, mientras noto cómo el humo invade poco a poco el cuarto y me adormezco, fugaces segundos que se eternizan recordando pedazos de vida, si se le puede llamar vida a vagar por un mundo en blanco y negro.

Cerrando los ojos soy capaz de notar incluso la fría lluvia sobre mí piel, las pocas cosas que me hacían sentir vivo. Y recuerdo el día que volviendo a casa tomé la decisión. Ese pensamiento crecía entre mi cabeza y mi pecho y mezclaba la lluvia con el salado sabor de mis lágrimas.

Pero como siempre mis lágrimas quedan en el olvido, a veces he llegado a pensar que sobre mí hay una lluvia constante que no deja que los demás vean mi llanto.

Cómo aquel día en el que se desgarró mi corazón y lloraba en silencio caminando por un largo pasillo, buscando una mirada, un abrazo, un mínimo calor humano que me hiciera sentir. Pero todo parecía un gran baile de máscaras, de espectros vacíos que caminaban a mi lado, como si yo perteneciera a un mundo totalmente diferente.

Decido tumbarme boca arriba, detrás del sofá, el calor empieza a invadir el salón y el humo se hace más denso. Abrazo un peluche, un estúpido peluche que me ha hecho compañía y me ha escuchado como nadie lo ha hecho.

Cierro de nuevo los ojos cogiendo una gran bocanada de aire.

Noches frías vienen a mis recuerdos. Noches caminando hasta que mis pies sangraban, simplemente por entrar en calor. Noches buscando rincones de algún parque donde poder dormir, porque aún teniendo un hogar a veces no era bienvenido.

Noches de lluvia, sentado en una esquina de alguna acera, cantando solo en mitad de la nada para que la locura no se apoderase de mí.

Esperando de manera estúpida que alguien llegase con una chaqueta, con un paraguas y me tendiera su mano.

Caminando y caminando pasando por la vida sin ser visto, porque todo el mundo está ocupado en su propio baile de máscaras con guiones sobreactuados. Siempre ocupados para escuchar, para mirar, para sentir… Tan ocupados que nunca me han oído cantar a voz en grito cuando pasaba por su lado, nunca han oído mis desgarradores gritos rompiendo el silencio de sus mentiras.

Pero hubo una vez que algo cambió.

Tal vez ya no lo recuerdas. Regresaste a mi vida y quisiste de nuevo cuidar de mí, cosa que nunca de te dio bien porque nunca fuiste capaz de cuidar de ti misma. Pero como siempre mi ingenuidad estaba por encima de todo. Construí un castillo de naipes hechos de papel de arroz y poco a poco las lágrimas lo fueron destrozando.

Pasaba noches en vela dibujando y creando máscaras que nunca fui capaz de usar.

Siempre me sentí seguro bajo la lluvia, porque era como no llorar solo. Quizás fue todo un sueño pero en mitad de una noche en la que la luna lloraba se acercó un hombro para consolarnos a los dos.

Pensé que las máscaras ya no me importaban y que podía mirar a vuestros ojos…

Pero seguían allí, me engañé, nunca las habéis dejado. Nunca me habéis escuchado.

Mi corazón estaba vendido, lo empeñé hace tiempo por el bienestar de aquellos que creí eran seres reales. Pero al fin descubrí que como Alicia, solo estaba envuelto en una perturbada fantasía.

Como todo el mundo me dijo, abandonar la vida por decisión propia era egoísta, mientras me señalaban con el dedo y reían.

Me perdí…

Me perdí en la noche buscando de nuevo la lluvia, nunca me ha gustado llorar solo.

Me acurrucaba en mitad de la nada, tarareando canciones hasta caer dormido. Esperando que la tormenta llegara y limpiara mi alma de tristeza. Escribiendo un diario que se deshacía en mis manos convirtiéndose en la ceniza de promesas rotas.

Cuando por fin estalló la ceniza empecé a liberarme, grité, lloré, corrí..

Como siempre la gente me miraba como si fuera el animal más excéntrico del mundo. Como una pantera furiosa corriendo de un lado a otro de la jaula sabiendo que no puede escapar por mucho que la provoques.

Ahí lo entendí…

No solo la lluvia purifica.

Y no sería egoísta…

Oía gritos a lo lejos, quizás mi nombre, sirenas…

Llevaba días preparándolo todo. Había firmado todos los documentos, los tenía preparados en una taquilla de la estación. Ninguno de los dos le dio importancia a que yo no hablase en semanas, a que no comiese, a que no durmiera. Yo solo era un fantasma siempre y cuando estuvierais satisfechos, me di cuenta que no teníais alma.

Sabía que no ibais a estar en casa. No necesité mucho tiempo. Preparé maletas, preparé las cosas más valiosas que encontré y las saque fuera de la casa.

El resto fue fácil, solo necesitaba toallas, sábanas, un par de sprays, el gas abierto y el agua corriendo.

Lo tenía estudiado. Si el fuego empezaba en la cocina el humo se extendería por el pasillo y llegaría al comedor. Y poco a poco el fuego correría por el mismo hasta alcanzar donde yo estaba esperando mi destino.

El agua corriendo del baño impediría que el humo saliese hacia el descansillo y que el humo no saliera hacia ningún sitio y no alarmase a la gente hasta que llegase mi destino.

Aún recuerdo cómo salisteis de casa casi con una mirada congelada, casi sin decirme adiós. Pero hoy no soy egoísta, hoy ofrezco mi vida por la vuestra. Quizás los papeles del seguro de vida os resultarían más importantes que saber que pasó.

Ya casi me costaba respirar. Las persianas del comedor tampoco dejaban entrar luz pero ya veía bailar las llamas llegando al comedor con el camino de sábanas y toallas que le había preparado para recibirlo como se merecía.

Estaba mareado y adormilado, abrazando fuerte ese pequeño conejo de peluche que nunca me abandonó…

Tenía ganas de llorar, no por miedo, por tristeza, la tristeza de tener que sacrificar a mi pequeño compañero inerte por miedo, por miedo a estar solo en este momento que tanto deseaba.

Le abracé fuerte y me eché a llorar casi inconsciente. Pero igual que la lluvia ocultaba mis lágrimas el fuego fue mucho más generoso y me las secaba.

Nadie nunca había tenido la delicadeza de secarlas, y el fuego gentil no dejaba casi ni que apareciesen. Me pareció casi tierno y apaciguador.

Perdí la consciencia hasta que oí como alguien rompía la puerta de entrada a la casa.

Me sentía abrazado, amado, sentía un intenso calor que nunca había sentido. Egoísta pensaron. Ahora ya no lo seré más. No sentía dolor, me sentía liberado. Incluso cuando os oí gritar mi nombre a lo lejos, me sentí tranquilo porque yo me alejaba a otro lugar, sin promesas ni mentiras, sin penas ni dolor. Donde no debería ocultar mis lágrimas e incluso quizás no lloraría jamás.

Mis deseos y mis sueños se habían convertido en cenizas con todo el odio y las mentiras que me rodeaban. Todos pisaban mi camino rompiendo mis sueños y oportunidades. Y ahora mientras todo arde, esta pena y este odio se quema con la ira que debí sentir en algún momento en los que las lágrimas se convertían en tormentas. Se quema todo y con con ello, se queman las mentiras mientras para el resto de gente sigo pasando inadvertido.

Oí mi nombre una vez más. Notaba como mi cuerpo flotaba, como me convertía en humo, como la tristeza se quedaba en el suelo en un montón de cenizas.

Notaba como me liberaba de miedos y cadenas.

Luego luz y luego nada.

Solo recuerdo tu mirada, mientras yo sonreía y una lágrima, la última, rodaba por mi mejilla o lo que quedaba de ella hasta que llegó a mitad de la cara y por el calor de mi cuerpo se evaporó…

Te regalo mi última lágrima, aquí ya no la necesito.

Y aunque hayáis apagado el fuego y os sintáis apenados por encontrar mi cuerpo. El fuego del rencor y de la culpa os acompañará el resto de vuestra vida, consumiendo poco a poco vuestra alma como cada día me consumíais con vuestras mentiras e indiferencia, con vuestra envidia y vuestro odio…

Ahora no tengo sueños, soy libre en un mundo que no es. Ahora yo soy el aire, soy el sueño de alguien y soy la lluvia que podrá consolar a quien se encuentre de nuevo cantando para sí mismo intentando dormir mientras camina para que las lágrimas se confundan con mis gotas y nadie lo vea llorar.

Herr Hofmy

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