Everything has changed

Si existiese en la faz de la tierra

amor monótono alguno,

no sería más que una utópica farsa,

pues no hay amor más intenso

que aquel que  al son de las agonías danza,

dirigido por el éxtasis y nutrido por intensas alegrías

que sin quererlo, pretenciosas rebosan en nuestro ser

pero siendo arropado también por las tristezas más profundas

que el ser humano jamás podrá siquiera imaginar,  

pues así es el fervor que pueda cualquiera aquí entrever.

Lady  Bachmann.

Jordi Martín García

Jordi Martín García

Fuente de la imagen.

No, joder, ¡no! No puedo evitarlo. Ya sé que ahora me dirás aquello de “si no lo intentas de verdad, jamás podrás superarlo”, pero no te equivoques, ¿vale? Lo intenté, de verdad, créeme. Quise hacerlo, pero es muy complicado. Vamos, mírame. ¿Qué esperabas? Vivir en un tiovivo subiendo y bajando cada dos por tres, es una locura, un verdadero trastorno. Gozas la subida todo cuanto puedes, puesto que sabes que, conforme sobrepases el punto más álgido, caerás en picado hasta quedar enterrado en el subsuelo por la propia colisión. Pero en ese instante, justo cuando comienzas a ascender, nada te importa. Lujurioso y emprendedor avanzas sin pensar en el descenso. Hagas lo que hagas, las cartas de tu suerte fueron ya jugadas. Sabes que te estamparás, pero no importa. Me resulta excesivamente complicada esta vida. Siempre entre el ocaso y el crepúsculo, en ese ambiguo espacio donde reinan la oscuridad y su esposa la soledad. Un lugar en que nadie sabe bien qué está sucediendo. Mi mente. Sshhh… ¿lo ves? Mientras ruego tu silencio, debes pensar que no estoy del todo cuerdo, pero para mí, es algo vital. Un alto el fuego que me ofrece el viaje en el tiovivo, un descanso psicológico y un desahogo momentáneo, pulsional e inexplicable. Para ti algo desatinado, para mí, un aliento. Te juro que, como dijiste, lo he intentado, pero no puedo. No logro ser dueño de mi propia mente, es más, hasta jugué a ser psicólogo de esta. Sin resultado alguno, claro. Verás, querida, las paredes de mi mente son como gomas elásticas que se extienden, se dilatan y donde nada está a salvo, puesto que todo cuanto acontece en su interior es flexible. Todo rebota y bota, y me es devuelto con una fuerza mayor de la que yo mismo había ejercido. Intenté restringir el acceso a mi imaginación, pero es prácticamente imposible. Todo el mundo sabrá que entró, no sé, supongo que resulta bastante evidente. ¿Sabes? Es curiosa la facilidad con la cual alguien se asoma por tu vida, llama y, sin entrar, espera a que alguien abra la puerta y espera, paciente. Puesto que sabe que podrá acceder por el portón principal, entre tambores y trompetas. ¡Y sin que le cobren entrada! En su momento, y sin haber aprendido la lección de caperucita y el lobo feroz, abres de par en par las puertas de tu ser. En su momento, no te parece nada descabellado, sino que, por el contrario, te resulta idóneo, creativo, sutil y magnífico. ¿Por qué colarse por una ventana, sabiendo cómo penetrar hasta los lugares más recónditos? Te juro que intenté guiar a mi corazón, mantenerlo al margen, pero si le prestaba demasiada atención, la Imaginación se me escurría por las manos, derritiéndose entre mis dedos de mantequilla, revolucionando y dejando deseosos a los poros de mi piel. Se escurría y yo intentaba cogerla, repitiendo inútilmente este proceso me pringaba con una facilidad inaudita. Hasta que terminó por dominarme y hacer conmigo lo que quiso, a su libre antojo. Estaba cantado y era de esperar, ¿para qué engañarnos?

Es demasiado paradójico todo, lo sé. Pero me da igual, al fin y al cabo, aquí estamos; frente a frente. No hay nada que pensar y lo sabes. Mis ojos son como un libro abierto y, entre parpadeo y parpadeo, desnudan las mil historias de mi vida. No, no digas nada, sólo escúchame.

barco

Fuente de la imagen.

Perdona mis silencios, pero necesito esas treguas para sentir toda aquella magia. Recordar aquellos instantes, aquellas carcajadas es fácil, pero llevar ese recuerdo al tacto, al oído, a la vista… es muy complicado. Necesito materializar todo aquello, pero no soy capaz de reproducirlos. ¿Sabes? Durante un tiempo, mi vida fue como la de una gimnasta. Sí, como una de esas que se mueve sobre el tatami con tal maestría que destila arte a su alrededor. Se mueve como una pluma. Nadie lo sabe y, aparentemente, tan sólo está andando, pero su elegancia forma parte de su ser. Desde fuera parece algo sencillo, pero estoy seguro de que, esa joven gimnasta, lleva sobre sus hombros, miles de horas de duro trabajo y un inagotable espíritu de superación. Así he vivido yo. Quizá todas estas palabras no sean más que un pequeño espacio en las trincheras donde me escondí. No lo sé. Nunca voy a dejar de tener fe y, menos, porque tú me recuerdes que es lo “mejor” en mi estado. Lo siento, de veras que lo siento, pero necesito ese recuerdo, esas sensaciones y todo lo que le rodea, cerca de mí. Todo esto es como si me hubieran contagiado una enfermedad venérea que se extiende por mi cuerpo tras cada suspiro, pero te resulta indiferente saber que podrías morir de eso. ¿Entiendes esos saltos al vacío? ¿Que por qué? Ay, ¡qué sé yo! Lo único verídico en todo esto es que el veneno, esa desatada Imaginación, entra pisando fuerte, paseándose por cada recóndito espacio de tu ser, moviendo el cuerpo como una gimnasta de primera, como una dama del alto rango. ¿Lo peor? Lo gozas, la gozas. No. Psicológicamente hablando, no te desvíes. Te posee haciéndote disfrutar con cada susurro y todo dentro de ti se revoluciona. De un lado a otro, arriba y abajo. Sientes tanta adrenalina como cuando saltas al vacío. En el fondo es genial y siempre me ha gustado, pero sé que no lo entiendes. ¿Ves? Ya vuelves a fruncir el ceño. Pero no importa, tú limítate a escucharme, que esto da para mucho. Es como si la Imaginación cobrase vida, transformándose en una fantasía, con forma de mujer. Haciendo vibrar tu cuerpo, siendo tan verosímil que, al final, terminas por creer que es verdad, que tiene su propia vida y que, ahora, sois una sola persona. Como dos entes paralelos que navegan a una misma altura y terminan fundiéndose. Cosa extraña, sí. Como si se hubiera filtrado por tus sentimientos, o como si ya perteneciese de antemano a ellos… Es como un alma gemela, a la cual no expulsas porque adoras e, inconscientemente, amas. Sería estúpido, ¿no? Expulsar a tu propio igual… Bah, paranoias. Me gusta cuando sonríes. Te brillan los ojos y, eso, es maravilloso. Tú no eres consciente de ello pero, al sonreír, estás desnudando tu ser ante mis ojos. Me gusta ver a la gente feliz, eso me devuelve a la vida cuando me hallo en un estado crítico. Es un aliciente cuando mi tiovivo está ascendiendo hacia lo más algo. Esa mágica chispa es lo que necesito en los momentos de flaqueza. ¿Qué por qué? Ehm… bueno, supongo que me ayuda a dejar de focalizar toda mi atención a ese magnífico ser que posee mi cuerpo. De este modo, desvío la atención hacia una sonrisa, olvidándome de todo cuanto me rodea.

brooklyn

Fuente de la imagen.

Pfff…. No, eso no lo sé. Tampoco yo escogí ser así. Y no, no te preocupes; no me molesta tu pregunta. Es del todo lógica y, más, teniendo en cuenta mi situación. Es como una contradicción de mi propio ser. Por una parte, necesito esa caída libre, esa fugacidad, esa adrenalina que termina por corroer mi ser. Me resulta totalmente necesaria, aunque tenga que comenzar desde abajo y termine por desmoralizarme. Pero, por otra, me estabiliza dicha rueda, esta progresión. Es como un círculo vicioso del cual no puedes salir y, hasta tú mismo, te percatas de lo perjudicado que estás al final de cada vuelta. Y… ¡blup! Cuando vienes a percatarte, ya es demasiado tarde, puesto que ha comenzado la nueva rotación. Bien, veamos. Evidentemente resulta muy fácil ponerse firme, hasta incluso parecer tan formal como cuerdo, y decir aquello de “parad que yo me bajo”. Pero no. ¿Cuál es el problema? Imaginar, soñar, sentir… son las armas del ser humano pero, ¿qué sucede cuando palpas de cerca lo que está transcurriendo? Sí. Es decir, no estoy hablando de algo ficticio. Intenta imaginar ese círculo lujurioso como algo real. Por alguna extraña razón, no puedo detenerme. Cuando no puedo seguir ese ritmo e intento, casi sin aliento,  detenerme, me atrapo en un agujero negro. Un terrorífico lugar en el cual echo a correr sin rumbo. Y corro, enloquecido de un lado a otro, y grito, pero nadie contesta. Nadie se compadece lo suficiente como para venir a sacarme. No, a ver, nadie se muestra dispuesto porque  soy un alma atrapada y acorazada con el hierro más duro. No supieron cómo filtrarse puesto que jamás di mayor indicación, que lo que gritaban mis versos. Regodeándome de mi ego, construí una capa térmica por la cual resbala todo cuanto me era irrelevante. Claro. Eso se paga. ¿El problema? Nadie tuvo tal maestría como ella. Ella, siempre ella. Todos sienten un gran afecto por mí, pero mi mente se obceca en ella. Y, sin permiso alguno, se lanza al vacío como un niño descerebrado, que se precipita a la piscina haciendo una voltereta aún sabiendo que acaba de comer.  Así son mis caídas. ¿Puedes imaginarlo? Quizá esa capa térmica, ese impermeable, han sido durante mucho tiempo mis ángeles de la guarda y, por ello, no logro entender por qué ranura se coló. ¿Heridas todavía abiertas? ¿Preguntas sin respuesta? ¿Yagas mal cicatrizadas? ¿Falta de inspiración? ¿Sentimiento de alma huérfana? Sea cual fuere la razón, he de confesarte que era mágica su mirada. Oh, sí, ya lo creo. Era tan diferente… Cierra los ojos. Imagina que estás en un lugar desierto y hace muchísimo calor. Comienzas a marearte y todo cuando te rodea parece ahora de goma. Los colores hacen el amor entre ellos, se funden y juegan a hacer formas. Se percatan de tu presencia y, sin dudarlo dos veces, se ponen a jugar contigo. A provocarte. Te muestran las formas más fabulosas que tus ojos han visto jamás… pero no puedes tocarlas. De pronto, dibujan algo que te resulta familiar. Un cuerpo de mujer. Irradia luz y de ella emanan todos los colores. Es la fuente del placer, de lo cromático… no sabes qué es, pero quieres tocarla. Sediento, casi sin aliento, te acercas. Estás alucinando, puesto que sus ojos, que hasta ahora parecían azules, se tornan de otro color. Pero tú no sabes hasta qué punto son los colores, que han decidido burlarse de ti. Algo te dice que no puede ser, que todo radica en ella, en sus ojos. No eran azules, eran verdes. Mi pequeño pececillo azul… Nah, eso no es de tu incumbencia, lo siento. Cosas mías. ¿Cómo que por qué? No, que no, de verdad. No quiero. ¿Me estás comparando con un personaje de ficción? Veamos. Lo primero, no soy el héroe de nadie y, lo segundo, no soy un libro. Sí, eso dije. No soy un libro abierto de par en par, ni unas cuantas hojas que se muestran provocativas y acceden a prostituirse para unas pocas mentes inquietas que, no sin cierto descaro, pagarían por un orgasmo psicológico.

…continuará

Lady Bachmann.

 

 

 

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