Anhelo de escritor

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Fuente de la imagen.

Carolaine solía ser una mujer cuyos principios resaltaban ante todos los demás, sin embargo, como todo ser humano, ella también tenía una mancha difusa en su conciencia. Ella quería ser escritora pero jamás lograba escribir algo, lo suficientemente bueno, como para que le interesase a un editor. He aquí su gran frustración. No es esta una historia agradable, por lo que ruego a todo lector irascible que tome la decisión de seguir leyendo o finalizar el relato en este mismo punto.

Se había aislado en su mundo. Después de tantas negativas de las editoriales, había formado su propio mundo en el que poder crear. Salía a la calle lo justo, hacía las compras por internet y realizaba su trabajo desde casa. Su actividad extra era leer. Leía todo cuanto podía y encontraba. Cuando cogía un ejemplar, intentaba leerlo de una sentada hasta terminarlo a sabiendas de que se empacharía. Todo estaba lleno de libros y cartas de editoriales. No tenía casi contacto con nadie más que con los personajes de sus libros. Algunos libros estaban marcados y ubicados en lugares extraños. Había un gran congelador lleno de libros con todos aquellos que odiaba o le disgustaban. Y algunos con un gran beso de carmín en la portada o por las páginas en las que había un personaje del que se había enamorado. Los más especiales y los que más le gustaban estaban esparcidos por su cama.

Apenas le quedaba espacio más que para dormir sobre el costado derecho. Ni siquiera sentía molestias cuando dormía y notaba cómo los cantos de los libros marcaban su territorio. Era como el paraíso psicológico en el que todo gran autor anhela entrar. Sobre su familia, poco se podía decir, puesto que hacía exactamente 8 años que había dejado de tener contacto con ellos. No soportaba que no supieran apreciar su arte y tampoco los necesitaba.

Todo aquello que ella deseaba y amaba estaba impreso con una bonita tinta y lo tenía esparcido por su casa: sus libros. Tampoco tenía teléfono, pues le disgustaba sobremanera el sonido de la voz humana. Realizaba todas sus transacciones por internet. El sexo tampoco era problema pues había sentido auténticos orgasmos al leer sus libros favoritos. Incluso aprendió a tener orgasmos físicos restregando y frotando su  cuerpo contra los cantos y las páginas de los libros que había en su cama. A veces, se estrujaba tan fuerte contra ellos que las marcas de la portada y la tinta de sus palabras se habían quedado durante días pegadas a su piel. Algunos orgasmos eran tan intensos que incluso tenía cortes en sus muslos de las páginas de los libros.

Carolaine era incapaz de controlar su desatada devoción por los libros. A esas alturas era incapaz de separarse de ellos, de vivir sin sus afiladas hojas y abultados cantos, que tanto placer le habían causado. Llegado el momento, no sabía cuál era su lugar en el mundo, espacio que apenas concebía sin sus libros. En época de exámenes se acercaba a las bibliotecas, que ahora abrian 24 horas. Se aproximaba tímida pues comprendía el botellón de café que la gente hacía a sus puertas y quería pasar desapercibida. Ella anhelaba ser como esos estudiantes que podían estar las 24 horas encerrados en aquel templo, en su amado hogar, en la catedral de los libros.

Para ella una biblioteca era como un Peepshow donde exhibían sus páginas e historias públicamente para ser disfrutados por todos. Le encantaba ir de madrugada a la biblioteca, porque era cuando casi no había nadie y poder coger los libros para olerlos. Sentía ese olor como algo sexual. Esos libros que habían pasado por mil manos y miradas. Siendo violados una y otra vez, frágiles y desvalidos. Esos libros eran los que más placer les producían. Eran como pequeñas prostitutas que utilizar a su antojo.

Pero un día notó algo raro: se sentía hinchada y con náuseas. Había algunos libros que le producían rechazo y no podía separarse de otros. Le pesaba el cuerpo y los últimos días no tenía ganas ni necesidad de satisfacerse con las suaves tapas de los libros . Hacía ya tiempo que sólo podía calmar sus náuseas mañaneras con una infusión hervida con las últimas páginas de sus libros favoritos o tomando una sopita de letras.

Carolaine sentía mareos y, últimamente, comía ingentes cantidades de alimentos poco nutritivos, por lo que duplicó o triplicó los pedidos al supermercado por internet. Ahora tenía unos marcados cambios de humor y lloraba por los héroes desfallecidos de sus épicas historias al igual que se ponía a gritarles a las antiheroínas cosas un tanto despreciables. No soportaba que las lindas muchachas enamorasen a sus amados héroes y robasen el amor que a ella le pertenecía; por eso les gritaba página tras página “¡putas zorras! ¡golfas!” y escupía sobre sus nombres para luego cerrar el libro y sellar así su amor imposible.

Aunque su alimentación era poco nutritiva, no entendía muy bien por qué se sentía hinchada. Miles de sentimientos la inundaban. Llevaba días sin dormir bien, soñaba con cosas del pasado, hechos, días, sentimientos que casi ya no recordaba. Se levantó un día y vomitó tinta. No entendía que pasaba pero no le daba ninguna importancia. Necesitaba leer ahora novelas familiares, novelas costumbristas donde se relatasen cosas cotidianas, ese hecho tan tonto, la hacia sentir mejor. Aquella tinta le parecía repugnante, no era como cuando derramaba tinta para escribir en sus pergaminos antes de presentarlos ante el decepcionado editor. Necesitaba ahora acercarse a su realidad con novelas costumbristas, novelas que detestaba desde hacía 8 años. Ahora, en cambio, necesitaba de ellas para aliviarse. Eran ya ocho meses los que llevaba así. ¿Quizá un incesto retardado? -llegó a pensar puesto que en el pasado tuvo muchos problemas con su padre.

De pronto, despertó. Eran las 3:30 de la madrugada. Una punzada de dolor la despertó, eso y unas migas de pan que habían caído en la cama de la cena. Por su mente pasaban mil escenas de su infancia y de su vida. Notaba un olor extraño a tinta y a imprenta. No pudo hacer otra cosa que gritar y aferrarse fuertemente a las sábanas. Estaba sola, como de costumbre. Lo más semejante que recordaba a aquella escena era el cuarto parto de su madre, que dio a luz a un bebé  que murió poco después. Se aferró al cabecero de la cama y soltó un trémulo gemido. Todo el edificio podía haberlo oído, sin embargo, nadie acudió.

Notaba cómo su cuerpo se abría y deformaba. No conseguía ver nada a su alrededor, su mirada estaba nublada y las perlas de sudor caían lentamente hacia sus párpados, haciéndolos más pesados. Apretaba los dientes con fuerza y notó cómo algo rompía su interior y escurría por sus piernas; era tinta, formando palabras sueltas que resbalaban por su piel. Notó un sordo dolor y, poco después, todo había acabado. Se desmayó.

Cuando abrió los ojos pensó que todo había sido un mal sueño, pero el olor y el sudor le indicó que no. Miró sus piernas cubiertas de un negro y pegajoso líquido. Entre sus piernas encontró un libro que nunca había visto. Lo cogió entre sus manos, acarició sus lomos y lo olió. Olía a nuevo, a niñez, a vida, olía a su propia vida. No sabía como había pasado pero estaba acunando su autobiografía, que había nacido de entre sus entrañas.

Así pues, Carolaine dio a luz a aquella criatura prematura que había nacido con tan sólo ocho meses de gestación y que, ahora, se presentaba ante ella como algo frágil e inherente a ella. Aquella prematura criatura, carecía de la dedicatoria de su mamá, por lo que Carolaine se puso a ello. Tomó su tintero y, mojando tinta sobre los restos que había esparcidos en su cama y sus piernas, consiguió firmarlo: “Con cariño, mamá”. Comenzó a sentir náuseas y a sentir que desfallecía. Desgraciadamente, había tenido complicaciones por el parto, pero al no haber acudido nadie, sufrió una gran infección de lo que moriría un mes más tarde.

Murió mamá, pero su obra trascendió y su esencia llegó a todo el público. Nadie recordaba ya a mamá, pero se había convertido en lo que ella tanto amaba; en una pequeña prostituta que circulaba de mano en mano en las estanterías de alguna catedral de los libros.

Fuente de la imagen.

Lady Bachmann & Herr Hofmy

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