Corazón impresionista

impresionismo

 

Fuente de la imagen.

En un lugar del lienzo, en cuyo extremo me extravié, vi pasar a una joven mujer atareada con su cámara. Embobado la seguí con la mirada. Trémulo estaba cuando, con una ligera maestría, cayó al suelo mi pincel y rodó alegremente hacia ella. Zoeh se detuvo, me miró, y sentí un fuerte escalofrío al notar cómo desnudaba mi alma con aquella intensa mirada.

“¿Puedo hacerte una fotografía?” Es una nueva técnica que se está experimentando para captar imágenes. No iba a pararme a explicar que ya sabía lo que era, además las palabras se habían paralizado con el palpitar de mi corazón. Claro, respondí. Ella sonrió y dos hoyuelos se marcaron en su cara enmarcando esa nariz respingona que me parecía una delicia. Ella entretanto montaba aquella enorme cámara y yo disimulaba la espera observando como su vestido ensalzaba sus formas. No sabía quien era, ni porqué había entrado en el estudio de arte. Pero no podía dejar de mirarla. Ella podría ser la protagonista de cualquier obra. Se me antojaba como una Venus, más pudorosa, o como una ninfa correteando por los campos.

Ella se escondió detrás de la cámara, mantuvo esa tensión en mí y sonrió mientras miraba a través de la mirilla. ¿Qué le parecía tan gracioso? ¿Yo?

No sin cierta maestría sacó aquella foto, pero no me interesaba por verla. Ahora sólo veía en ella la ninfa de mi obra de arte, sus lánguidos brazos que bajo mi pincel serían los más bellos. Tan sólo la contemplaba de arriba a abajo, pero me sentía incapaz de pintar sus ojos.

Solían llamarme “el nuevo Modigliani”, pero todo me parecía ahora un tanto irreal. Quizá por no saber cómo pintar sus ojos, reafirmaba yo ese nombre. Al fin y al cabo, sus oscuros ojos, eran como un sinfín de historias con finales tristes encerradas y escondidas tras una mirada resplandeciente.

Era como pintar el sol. Algo que se intenta pero que se es incapaz de recrear con total fidelidad.  Puedes hacer los rayos, pero no puedes pintar la fuerza y calor de su luz. Así era su mirada. Sus manos y su sonrisa se me antojaban eternas. Eran tan perfectas que casi me parecían irreales. Estaba ensimismado. ¿Quieres ver la foto? Me preguntó y desperté de mi trance. Mirarla era como beberme yo solo una botella de absenta, me absorbia del mundo y solo podía ver el arte en ella.

No veía más que retratos, cuadros, miles de imágenes que se paseaban fugaces por mi mente, apoderándose de mi imaginación e inutilizando a mis sentidos. Sus ojos, tan verdes como los de Minerva y, sus cabellos, tan hermosos como la propia Afrodita. Su pregunta me parecía ahora la antesala de la felicidad.

Su cuerpo ahora sólo era una paleta donde podía mezclar los colores que se me insinuaban en sus contornos. Su perfume se convertía en otra tonalidad. Observaba enajenado y ensimismado  la imagen que aparecía poco a poco entre sus manos y mostraba la mirada perdida de deseo con la que la observaba. No puedo evitar estar cerca de ella. Soy incapaz. Pero quería envolverla entre mis lienzos y que se fundiera con ellos.

Su aroma, su mirada, los colores que iba configurando en mi mente y sus curvas estaban haciendo de mí el más dichoso de los hombres. Sí, estaba claro, sería un cuadro que incitase a la lujuria, pero sin ojos. Me sentía incapaz de reproducir aquellos inalienables ojos que me resultaban divinos y me sentía incapaz de acercarme a ellos. Sólo deseaba sentarla entre mis lienzos y pinturas, acomodarla, recostarme a su lado y recorrer su dulce cuerpo con mi mirada, contemplativo y deseoso para así poder retratar no sólo lo que veía sino lo que sentía.

El nuevo Modigliani invitó a la joven muchacha a sentarse entre los cientos de lienzos que apilaba en el salón. Dejó sus pinceles a un lado y se acercó, cauteloso, a sus labios para besarla. Con cada beso, un lienzo parecía cobrar vida y acercarse a ellos, creándoles su propia atmósfera entre óleo, lienzos y temperas. Un lugar en el que recrearse, alejado e aislado de la realidad que deforma los colores. Largo rato llevaban amándose en aquel lugar cuando todos los lienzos habían logrado rodearlos y cercar sus cuerpos. El creador de imágenes y la retratista de la realidad ya no podrían moverse, puesto que los lienzos les habían facilitado la tarea. Siguieron los besos, aumentaron las caricias y, a medida que se fundían el uno en el otro, los lienzos se acercaban a ellos, mezclando colores, tono, diferentes saturaciones hasta que, por fin, tras una fuerte saturación del color, sellaron su amor. Fue entonces cuando los lienzos equilibraron su tonalidad, gestando entre sí su propio limbo, su propio hogar, su propio edén. Ahora, sólo existía uno. El lienzo más hermoso jamás visto que, en aquel lugar, perduró hasta que un descarado y modesto pintor se apropió de él, firmándolo y condenando las almas anónimas que en él se habían recreado.

Lady  Bachmann  & Herr Hofmy

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