La muerte del poeta

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Fuente de la imagen.

Cuando el alma de un poeta fenece,

ya nada queda en pie.

Ni siquiera el rosario que,

entre lamentos,

rezan sus más íntimos versos.

Ni las ardientes lágrimas

son capaces de devolverle el descanso que este aclama.

Dando vueltas en círculo,

exasperado,

ningún alma con vida encuentra.

Demasiadas voces con vida propia

y de alma inerte.

Ingenuas como son,

descuidan el detalle de cuán efímeras son sus vidas

sin preocupación aparente alguna,

danzan al son del Réquiem del poeta,

el cual, al borde de la locura,

busca ansioso una sola alma pura,

capaz de percibir los seis sentidos

que ahora logran ahogarlo.

Buscando un alma que succionar,

danza entre centenares de cuerpos andróginos

pero ni siquiera perciben su presencia.

Intenta rozar sus rostros con la yema de sus dedos,

pero el abismo que encuentra en ellas le aturde.

Enloqueciendo por segundos, busca la luz.

La luz 

pero no hay luz sin vida

no hay vida sin su luz

cansado y repudiado

Se desploma.

No hay luz sin esos pequeños detalles

y, sin ellos, a su vez

el alma del poeta se ahoga.

L. B.

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