Amones

Y con ese suspiro se apagaba otra alma, escapaba al viento un amalgama de amaneceres sombríos y tétricos de dicha inmunda. Fue en aquella calle, el olor me recordaba a la Inglaterra de finales del XVIII, una conjunción entre orín y detrito echado a las calles y escupido por las ratas, bocanadas nauseabundas que ni el serrín podía ocultar. Sonaba Mozart, y la escena me recordaba un poco a su final, poco a poco se fue perdiendo en sí mismo, abandonando todo aquello que le rodeaba y cerrándose en su ego hasta que él mismo construyó su propia fosa común, aquella que todos de una manera u otra cavamos pero que trabajamos arduo para no caer en su húmedo colchón. El té ya se nos había enfriado cuando sonó el teléfono. ¿El atuendo? Un prudente traje negro entallado y camisa blanca. La corbata asía un adusto gris pálido, como nuestras entrañas en aquellos momentos de incertidumbre. Nos acomodamos el sombrero y partimos hacia nuestro reclamo. El taxi engalanaba un taciturno blanco hueso y ni siquiera la luz de ocupado se encendía, curiosa metáfora de lo que nos esperaba.
El día no nos quiso perdonar ni las horas, una gran nube cubría el cielo pero codiciosa, dejaba irrumpir unos tímidos rayos de luz que no conseguían calentarnos el ánima debido al frio invernal. Por fin llegamos, los minutos nos habían parecido días y aquel callejón solo nos dejaba ver en blanco y negro. Nos acercamos y lentamente el habla se fue ausentando de nuestras bocas. El agente nos informó de que se había producido una reyerta, por lo visto está a la orden del día demostrar quién es el más gallo en una danza de la muerte con malogrado final. Esta vez no pudo ser, y yacía en el suelo tendido como alegórica predicción de lo que se había estado gestando desde hace mucho tiempo atrás. Un deprimido sollozo intentaba hinchar sus pulmones en ardua batalla, pero cada vez las exhalaciones eran más largas y los latidos más flemáticos. Como si de un sueño se tratase, jadeaba nuestros nombres pero no escuchábamos nada, por un momento el color volvió a ese callejón para perfilar el rojo esforzado de su sangre tiñendo el pavimento y los pétalos de las rosas que cada uno depositamos sobre él mientras emprendíamos la marcha. El último movimiento estaba llegando a su fin, y como en el Réquiem, se apagó toda esperanza de existencia y razonamientos de sólida empresa.

La muerte, para llamarla por su nombre, es la real finalidad de nuestra vida. Por ello es que de unos años a esta parte he hecho relación con esta verdadera amiga del hombre.

W.A.Mozart

                                                                                                                                                                       Lord. OH

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