Still alive

 

Fuente de la imagen.

Estudiabas mi cuerpo una y otra vez sin detención alguna. De un extremo a otro, como una hoja húmeda, te dejabas caer, acariciando mi piel, mis sentidos. Percibiendo cómo las gotas que, primero se posaban sobre mi piel y, después, se adherían a ella, gritaban su rendición, decidiste enmudecer el mundo para mí. Las perlas del rocío procedían ahora de tu sudor, los salados besos de las sirenas, se habían convertido en la adicción que me proferías. Donándote mi cuerpo me libré de él y, como alma en vilo, sobre los valles del edén desnuda anduve. Entre las más puras flores me encontraba, nadando entre los pétalos de tu cama, los besos de la naturaleza y los gloriosos abrazos del placer. Apacible ante mi presencia te mostrabas, pero a robar parte de mis sentimientos jugabas. Te divertía ver cómo la savia de mi piel era lo que daba vida ahora a tu cuerpo ausente, moribundo. Necesitabas de las perlas de mi piel para vivir, pero no eras capaz de controlarlo y cada vez te diluías más y más. Ni siquiera tu cuerpo era ya tuyo, pues la madre tierra era quien ahora lo custodiaba. Los besos envolventes eran ahora como las ligeras bocanadas de aire de un pez; de un pez azul, que necesitaba de esa piel salada para sobrevivir. Fueron las flores quien, voluntarias e impetuosas, se ofrecieron a hacerte el boca a boca. Y, tras el último soplo, una sonrisa.

Lady Bachmann.

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