Fuente de la imagen.

Deseaban llevar su amor al extremo opuesto, deseaban amarse de una forma nueva, querían llevar ese sentimiento a lo eterno, colgarlo de un asta y ondearlo al viento como una bandera.

Crear un lema que solo los representase a ellos dos, carne y uña, tranquilidad y lujuria, amor y odio.

Ya lo habían probado todo y cada cambio les había sabido a poco, bebían del elixir de la felicidad del mismo vaso pero todavía querían sentirlo más cerca, recorrer las mismas venas, juntar sus arterias y que desembocaran en el mismo corazón.

Se necesitaban como el agua necesita al fuego, se contradecían y eso creaba en ellos la más bella armonía.

No habían conocido la fuerza de la palabra amor hasta que se conocieron y decidieron sellar sus caminos uno junto al otro para siempre. Para ellos siempre era demasiado cercano, demasiado palpable, querían la eternidad solo para ellos.

Cualquiera hubiese soñado con poseer la gota de la juventud eterna y en ella disfrutar de una apacible tranquilidad.

Pero como ya he dicho, a ellos eso les sabía a poco… Querían arrancarse la piel solo por sentir el tacto del otro mejor.

Querían perfumar sus sentimientos para poder sentirlos como algo más palpable, algo terrenal, algo que no les volviese locos al sentirlo en sus adentros.

Querían darles nombres, querían tocarlo todo y no quedarse tan solo en la finitud de sus cuerpos.

El hecho de que todo perece les aterraba y por la noche se despertaban llorando y abrazados, maldiciendo el momento en que habían dejado de soñar para despertar en la realidad de que el tiempo pasaba.

Querían realizar un plan malévolo, algo loco, diabólico, extremadamente morboso y diferente. Nadie más los entendía y, aunque ello no les preocupase en absoluto, sabían que cualquier mortal no podía entender una unión creada hacía siglos.

Decidieron llevar su locura al otro extremo, decidieron segar la felicidad que los unía y acabar con sus vidas, con aquel tormento viviente de la idea de que algún día yacerían muertos en tumbas diferentes.

Querían vivir en lo eterno el uno junto al otro y seguir admirándose desde las estrellas, morir amando, desear la muerte si la vida significaba hacerlo el uno sin el otro.

Querían poseer un planeta solo para ellos donde poder gritar aquello tan maravilloso e inolvidable que los unía.

Así que, aquella mañana fría de 13 de noviembre, tras un desayuno simple y tranquilo, decidieron llevar a cabo ese plan, decidieron acabar de  una vez por todas.

Tomaron la última gota del elixir de la felicidad, entrelazaron sus dedos y murieron felices pensando que en el otro mundo se volverían a encontrar y, esta vez, nada les estorbaría…

Nada les haría pensar que aquello tenía un fin.

Viajarían juntos a la superficie plana del nada es, nada existe, nada muere o vive.

El siempre juntos felices, el nunca nos separaremos, jamás.

Y cuatro horas más tarde, encontraron sus cadáveres fríos y erectos. Encontraron los cuerpos de esas dos personas extrañas que, a pesar del terrible suceso, formaban una imagen bella de la eternidad de un sentimiento.

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