Taciturna confesión

Fuente de la imagen.

Palabras que, sigilosas, se acercan lentamente para así poder tantear la situación sin resultar agresivas, ácidas o fuera de lugar. Taciturnas se aproximan hacia un mismo punto. Primero una letra, luego otra, y así sucesivamente. Acortan, no menos temerosas, las distancias hasta que llegan al mismo lugar. Entre pícaras y temerosas se miran de reojo, sin por ello dejar de andar. Las distancias empequeñecen letra tras letra y, de pronto, pueden verse unas a otras a través de las cuatro paredes del cristal. Toda la sala destila pureza y tranquilidad, pero a ellas les falta algo. Como zombis han llegado hasta ese gran cuadrado de cristal alrededor del cual no dejan de merodear. Antes sigilosas, ahora frágiles, buscan algo que anhelan, algo que da sentido a su vida, a sus oraciones, a su creación conjunta. Breve, pero no menos afectiva, una de ellas nota la presencia de algo o alguien dentro del cubo de cristal. Las palabrejas, revoltosas, merodean buscando unificarse, husmeando por si encuentran la carencia que las aflige. Silenciosamente levanta una de ellas su tilde, haciendo señas con sus extremidades para que acudan a ver lo que sucede dentro del cubo. Sin armar alboroto alguno y, sin perder la maestría de sus sordos pasos, se acercan alrededor del cubo, formando una cadena. Algunas de ellas, más fisgonas que otras, llaman la atención sobre el resto, mostrando el extravagante suceso hasta que, una de las más jovenzuelas, distingue en el ser que se acomoda en el cubo: el alma que a ella le falta. Predica revoltosa entre las demás, puesto que anhela que la ayuden a recuperar lo que completa su esencia, pero el resto se muestran ahora un tanto reacias e inseguras. No deja de dar vueltas al cubo hasta que, la muchacha que se haya en el cubo, alza los ojos y la mira directamente a los ojos. Entonces, en ese instante, todo se detiene. Cientos de latigazos siente nuestra indómita palabreja que se acerca lentamente al cristal. No puede sino devolverle la mirada y, trémula, alza las extremidades de su cuerpo, apoyándose en el cristal, buscando el sentido que la linda muchacha bajo llave guarda. La muchacha de mirada intensa no deja de contemplarla, pero no se levanta, no lo hace incluso tras ver la cara de desesperación que siente la indómita criatura. Ella no sabe por qué el alma que en el cubo yace tira de ella como si fuera un imán, como si fuera ella el punto inflexible de la gravedad, pero no puede despegarse del cristal. Tan sólo mirar. El resto contempla la escena y comienza a retirarse lentamente, cual triste funeral. La luz ha oscurecido de pronto, teniendo ahora un tinte rosado que adora la escena. Como en una escena trágica al final de un filme se siente ahora la joven palabreja. Sabe que conoce a la perfección al alma que en el cubo se halla, pero por mucho que le grita, ella no oye nada. Los gordos cristales escupen la voz que la delicada palabra proyecta, devolviéndosela más fuerte y fría. Su alma llora, pues el sentido de su palabra está encerrado y no logra hacerse con él, pero el resto ya no está. El corazón de la joven del cubo encarna su alma, ese don de la comprensión, eso que, ciegamente, entre puntos y comas, anduvo buscando, pero ya es tarde. La pequeña palabreja, cada vez más dócil, comienza a sentirse anémica, a sentir ciertos mareos, a toser tinta y se retira un poco del cristal. Cayendo de rodillas, por fin comprende, que una palabra sin alma, no es más que un trozo esbozo malogrado que termina falleciendo.

Ella murió, pero sabe que su alma vaga en algún lejano lugar velando por ella.

Lady Bachmann.

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