El día que vendí mi alma a la soledad

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Miles de rostros se pasean ante tus ojos, danzando desinhibidos al son de la música y que, ahora, se muestran faltos de alma. Hermosos cuerpos, lúcidas facciones y silenciosas mentes que, inquietantes, a la tuya no acechan cuando, en algún momento determinado, sí debieran. Acercarse sigilosas y abrazarla hasta rodearla de imágenes, colores, luz e ilusión. Vagando entre almas carentes y palabras inexpresivas, buscando mi pedacito de vacío para así poder cobijarme del abismo de mi mente antes de que se dilate en su totalidad. Cientos de rostros en fracciones de segundo y ni uno sólo conocido. Las rarezas se vuelven bellezas mientras que los esquemas prototípicos sacuden ahora mi estómago, provocándome unas náuseas inhumanas. Pero no importa, porque ahora lo que yacía se alza tornándose cada vez más humano hasta que consigue arrebatar mi alma y venderme la linda parcela del vacío. Silencio. 

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