Comparecencia

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Y sin comerlo ni beberlo aparecí allí, no era una consulta cualquiera. Aquel hospital no tenía ese nauseabundo aroma característico de ellos, los guantes no eran de látex ni de vinilo, las enfermeras iban sin ropa pero guardaban un extremo cuidado para no enseñar nada. Los doctores no llevaban fonendoscopio, se escuchaba con el corazón y se sentía con la oreja. Por el techo andaban las personas, y el suelo disponía un tranquilizante bosque por el que perderse lejos de cualquier patología. Los pacientes no sufrían, disfrutaban de una cama hecha de sueños y atada con las pasiones más indebidas. Por los altavoces crascitaba un cuervo una melodía muy vivaz, incitaba a levantarse y comerse el mundo con una guarnición de patatas. Las gacelas amenizaban las tardes de resaca, las carreras de osos eran algo cotidiano en aquella institución, la gente se apostaba besos al oso ganador, y urdían entre abrazos complicados planes de huída.

Por fin llegó la noche, y después del baile de algún que otro sentimiento por fin empezaba el espectáculo.

Los maestros circenses mostraban sus más trabajadas artes: amor, tristeza, miedo, esperanza. Todo se volvía de colores en la carpa de las emociones, tristeza y alegría se besaban en una desinhibida pasión no apta para menores de catorce, mientras que asco y sorpresa disfrutaban del desfile de variedades.

Yo ya aburrido de tanto paripé me subí a la última planta, abrí la puerta y pude observar toda la ciudad ante mis ojos. Eterna amargura el desarrollo del ser humano, cada vez superando límites más insospechados y creciendo en negativo, alimentando sus imposibilidades con la falsa creencia de que no tendrán consecuencias. Sin pensarlo dos veces salté, me precipité al vacío, pero estaba tan lleno que me atasqué. Todo está tan saturado que ni siquiera uno puede suicidarse en palabras a gusto. Empecé a deslizarme y caí en un embudo muy ancho, todo allí era etílico, así que sin oponer resistencia me embriagué. ¡Qué mundo más bonito aquel! Las estrellas brillaban más fuerte que nunca y parecían decir mi nombre, así que me acerqué, y estuve bailando con ellas un rato. Por último noté en mi nuca un pitido que penetraba mi columna vertebral y no me dejaba respirar. Ya era de día y tocaba levantarse a desayunar.

Lord. OH

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