Chikako y el honor mancillado

Fuente de la imagen.

Narración libre sobre el origen de Chikako
en la obra de Mil Grullas, de Yasunari Kawabata.

Sus senos

manchados por el pecado

encarnado en una horrible y oscura
mancha

Se despertó junto a las tazas de té del día anterior. De pronto, se alteró, abrió los ojos con todas sus fuerzas y se acercó rápidamente a ellas a cuatro patas. Los posos del té. Tenía que observarlos para poder ver el futuro. Eran oscuros, como su seno. Incitaban a la lujuria, al pecado, a la traición. Su condena: un seno levemente abultado y manchado, como un pecado inerte del cual no podía despojarse.

Realmente se merecía semejante castigo. Todo empezó aquel día lluvioso, mientras ella estaba en el templo Honmonji. Al verla sintió la necesidad de violarla. Sí, de violarla. Acechar su cuerpo hasta convertirlo en suyo, hasta someterlo a sus deseos. Sabía que la joven era virgen e inocente. Ansiaba usurpar, mancillar y profanar su dulce e infantil cuerpo. Quizá por ello se hallaba soltera; el Karma le había jugado una mala pasada esta vez. Todo ser vivo que lograba acercarse a su cuerpo desnudo se asustaba y, temeroso, huía de aquella diabólica mancha. Era grande, realmente grande y de ella asomaban unos incipientes pelillos.

La joven Sakura no debía ser mujer todavía por aquella época. Quizá por ello me atraía su andrógino aspecto. Tras las ceremonias del té, se reunía a la puerta del templo y realizaba unos armoniosos cánticos junto a unas amigas. Su blanca voz penetraba mi cuerpo y despertaba en mí los instintos más animales y salvajes que había vivido hasta el momento. Un día, tras contemplar sus asombrosos y atractivos cantos, la seguí hasta el Templo. Tímida como soy, procuré que ella no me viese, aunque me excitaba la idea de perseguirla sabiendo que ella era plenamente consciente de mi persona. Era divertido pensar que me había divisado y que, por alguna extraña razón, dejaba que esnifase el aroma que desprendía con sus andares.

Como un alma que vaga sin rumbo, andaba yo hacia ella. Aquel día la joven llevaba un kimono blanco, virginal. Su rostro era fresco, como la flor del cerezo, como su nombre. Deslumbraba con aquella seda blanca y su angelical sonrisa. Su pelo era algo revoltoso, como su persona. Me excitaba pensar que ella era tan revoltosa como sus cabellos, tan juguetona como su pervertida inocencia. O quizá no, pero para mí, su fulgurante atractivo era como la entrada al Nirvana.

Me acerqué a ella y, sin decirle nada, le entregué una rosa roja y la miré fijamente a los ojos. Ella estaba en el exterior del Templo, dubitativa. “Sé que deseas que mancille tu flor”, le dije, a lo que, con la voz temerosa, me dijo: “¿Vamos a buscar flores, maestra?” ¿Estaba jugando con las palabras o realmente quería buscar flores? Quise pensar que realmente sabía que iba a mancillar su flor por lo que la empujé hacia el interior del templo y cerré la puerta tras de mí. Estaba vacío. Sin mediar ni una sola palabra, la cogí por la cintura y besando su cuello empecé a gozar de su pequeño, frágil e infantil cuerpo. Que ella gritaba de placer era algo que yo podía deducir por sus desgarradores y agudos gemidos. Tal era el disfrute de la joven que hasta sus ojos lloraban inundados por el gusto que le producían mis manos. Entonces se abrió la puerta del templo, justo en el instante en que yo le robaba la ansiada flor con mis largos y delgados dedos. Ella comenzó a sangrar y los cánticos celestiales fueron abordados por aquel estúpido monje, que en nombre de Amatsu Mikaboshi, dios del mal, invocó mi castigo, mi desdicha. El resto de mi historia tiene poco de agradable.

Al cabo de unos días empecé a notar unas molestias sobre el seno izquierdo. Por aquellos días también fui sabedora del padecimiento de Sakura, la cual había terminado quitándose la vida mediante el harakiri. En la espada había quedado grabada, tras su muerte, una inscripción que decía así: “La mujer del honor mancillado”. Resultó que aquella joven había sido víctima de la más terrorífica de las violaciones. Quizá yo confundí la sangre de su flor virginal con la textura de sus fluidos, quizá sí había mancillado su honor.

Este es el origen de la ruina de Kurimoto Chikako. Su condena supuso el rechazo sexual de todos los hombres y mujeres hacia ella. Así fue como aumentó día tras día su desdén hacia los buenos gestos de la gente. Durante años no le dejaron organizar la ceremonia del té ni ayudar en la ejecución de esta. Además, se le prohibió la entrada en el templo hasta el día después de la ceremonia fúnebre de Sakura. La familia, notablemente afligida, pidió el destierro de Chikako, pero esta no fue expulsada y volvió al templo como maestra de ceremonias. De aquel momento en adelante, jamás fue tomada en serio por ninguna alumna y todas regresaban a casa temerosas, mirando a sus espaldas cada dos por tres.

Cuando era pequeña, su bisabuela le enseñó a adivinar el futuro observando los posos de las tazas de té; y eso es lo que hacía ahora: tenía que ver si la dicha volvería a su vida o si, por el contrario, permanecería bajo el peso de este castigo durante el resto de sus días. De un modo u otro, tenía que deshacerse de esa infecta mancha que sólo le había acarreado el rechazo y humillación por parte de todos sus amantes, entre ellos el Señor Mitani.

El señor Mitani la había visto varias veces recortar con unas pequeñas tijeras los pelos que nacían de aquella mancha, sin embargo, no la repudiaba como tantos otros hombres. Él parecía ser distinto, era cariñoso con ella e incluso la respetaba como un igual. Mantuvo una corta e intensa relación con Chikako pero, como tantos otros, la abandonaría y alejaría de su familia. Chikako pagaba de este modo por sus pecados y una insoportable pena la acechaba día tras día.

Lo cierto y verdad es que siempre me atrajo el señor Mitani, pero jamás fui capaz de dirigirme a él sin guardar una cierta distancia. Tras aquel trágico incidende con Sakura, decidí mudarme a Kamakura, donde esperaba encontrar un pequeño lugar para mí y la aceptación de mis conciudadanos. Estaba segura de que ahora, en mi nueva vida, me respetarían si yo no mencionaba la temible historia del honor mancillado de la joven Sakura.

El día que conocí al señor Mitani, éste estaba organizando un Miai entre el hijo de un amigo y la joven Yugen. Ni siquiera me fijé en el apuesto joven o en el estampado del kimono de la chica. Tan sólo tenía ojos para él. Me gustaba la destreza con la que manejaba los utensilios del té, la habilidad con la que se movía de un lado a otro, organizándolo todo sin perder la calma, sin alterarse. ¿Se daría cuenta de que lo estaba contemplando? Otra de las mujeres de la sala, la señora Ota, parecía mirarlo con un cierto cariño. Pese a que no conocía al señor Mitani, el simple hecho de pensar que eran marido-esposa me corrompía.

Conocía a la señora Ota, puesto que apenas vivía un par de manzanas más allá de mi casa, pero jamás había hablado con ella. No la conocía, pero ya la odiaba. Aquella belleza tenía que ser mía, tenía que hablar con él fuera como fuese.

Así pues, al final de aquella ceremonia, Chikako aguardó hasta que marchó la gente, con la única pretensión de acercarse, no sin cierto refinamiento, al señor Mitani. Con un remeditado descaro, se presentó ante él con una proposición un tanto indecente: le pidió ser su aprendiz en la ceremonia del té.

Quizá aceptó el señor Mitani por su insistencia, sin ser consciente de las artimañas de Chikako para acercarse a él. Evidentemente, ella fingía ignorar todo cuanto su maestro le enseñaba y mostraba, con el único fin de conocerle. Sólo años más tarde, le confesaría la verdad sobre sus prácticas respecto a la ceremonia del té y sus particulares encuentros en el Templo.

Durante algún tiempo, Chikako estuvo acosando -con clase- al señor Mitani. Todo tomó otro tinte cuando se atrevió a invitarlo a su casa, a tomar el té. Intentó seducirlo con su mejor kimono, con el obi más hermoso y grande que tenía. Ella sólo quería estar perfecta para él, maquillar con su apariencia la enorme mancha que marcaba tanto su personalidad como su pecho. Quiso fijar las directrices de su destino e intentar domar la voluntad del Karma haciendo buenas acciones. Ella sabía que la única persona con la cual podría obrar bien era el señor Mitani, que era el más puro de los hombres que jamás había conocido.

Tras un saludo breve y silencioso, se sentaron frente a las tazas, que estaban ya preparadas. Si bien Chikako no era demasiado agraciada, había algo en sus ojos que producía una extraña sensación en aquel que los miraba, como si se adentrase en lo desconocido, atraído por una hipnotizante fuerza magnética. Pero aquellos ojos sólo escondían deseos poco fortuitos, un cierto rencor y demasiado vicio. El señor Mitani hizo un comentario sobre lo hermoso de las vestimentas de Chikako, resaltando su elegancia y gusto al combinar las diferentes prendas. Ella recibió este elogio con enorme agrado, le dio la seguridad que necesitaba para llevar a cabo su cometido. Tras un rato hablando, ella inclinó suavemente el hombro, deslizándose entonces el kimono y dejando al descubierto su pálida piel. Mitani prestó atención a este gesto sin apartar la vista. Dejó la taza de té sobre la bandeja y esperó a que Chikako fuese más allá.

Finalmente, cuando esta ya estaba segura de que tenía a Mitani hechizado, se puso en pie y caminó despacio hasta él. Paso, paso, paso. Mitani estiró lentamente el brazo y ella lo cogió por la mano, colocándola sobre su pierna. Deslizó los dedos por la seda del kimono y, sin poder contenerse ya, tuvo que ponerse en pie. La noche ya se estaba anunciando, pero los débiles rayos del sol todavía evocaban unas ligeras sombras producidas por las flores del cerezo que había en el jardín. Aquella noche, los dos se fundieron en uno.

Al despertar me pregunté si el señor Mitani se habría percatado la noche anterior de la mancha que me había procurado aquel monje en Honmonji. Estaba algo alterada, me preguntaba si la habría visto ya o se asustaría al despertar y ver semejante cosa en el pecho de una mujer. ¿Quién iba a querer tener hijos con una mujer como yo? Me resultaba horrible criar a un hijo así. Si algún día tenía una criatura, sabía que sólo la amamantaría con el pecho derecho. No podía acercar al delicado bebé hacia tal mancha proveniente de una atrocidad poco… ejemplar. Asustada, decidí taparla antes de que pudiese ser testigo de ella, pero el tiempo no jugó a mi favor. Justo al levantarme, cuando me disponía a ir hacia el armario y ponerme algo, él abrió los ojos y vislumbró lo que hasta ahora había acallado.

Rápidamente, aunque en vano, me cubrí los pechos con los brazos y, tras unos segundos, salí corriendo de la habitación. Me encerré en el cuarto de baño y esperé unos minutos con la esperanza de que al salir ya se hubiese ido. Y así fue.

Pese a aquel incidente, al señor Mitani no pareció importarle el hecho de que tuviese aquella mancha en el pecho. Así fue como comenzamos a vernos con regularidad. Poco a poco descubría cosas de su vida, como si de un puzzle se tratase. Primero me enteré de que estaba casado, después de que tenía un hijo… Los días pasaban y yo cada vez me sentía más cerca de ese hombre tan sensible y caballeroso. Hasta que…

Me envió una carta. La abrí. Decía que no podía seguir viéndome, que su mujer estaba empezando a sospechar y tenía que alejarse de mí. Pero yo no le creí, no. No era posible que después de todos los momentos que habíamos compartido juntos me abandonase. Estaba convencida de que había conocido a otra mujer. Decidí investigar un poco y empecé a seguir todos y cada uno de sus movimientos. No me equivocaba. Seguí al señor Mitani hasta una antigua posada de Kiyamachi y vi cómo entraba en ella con una mujer. Ataviada con un pañuelo y unas gafas de sol que me conferían un aspecto más occidental, me acerqué a la ventana y la identifiqué. Era la señora Ota, recién convertida en viuda, mirando con ojos
melosos a aquel hombre que había sido mío. Apreté los dientes y durante una fracción de segundo creí que iba a entrar a darle una bofetada a aquella miserable arpía. Pero me contuve. Tranquilízate Kurimoto, me dije, algún día tendrás la oportunidad perfecta para vengarte, de hacer verdadero daño. Algún día. Prepárate, Ota, cuando menos te lo esperes mi ponzoña correrá por tus venas.

Toda su relación terminó y fue ignorada por él, sin embargo, solía ir a visitarla a su casa. Un día, se presentó con su hijo. Por el despecho que le tenía, Chikako no se molestó en esconderse cuando la asistenta le informó de su presencia. Estaba en el salón, recortando los pelos de su maldición, de la mancha del seno, cuando llamaron al timbre. Apareció por la puerta el señor Mitani seguido de su tímido muchacho, Kikuji. El niño quedó boquiabierto al ver cómo Kurimoto recortaba el vello del seno y lo dejaba encima de la mesa, sobre un papel. Kikuji se desmayó. Por una parte, sentía una repulsión jamás vista, pero por otra, aquella mancha, aquel vello le obsesionaría durante el resto de su vida. No pasaba un día sin que pudiera dejar de pensar en la repugnancia de la mancha de Chikako. La odiaba, pero al mismo tiempo le atraía. Poco sabía él que, unos años después, la vieja Kurimoto se convertiría en su pesadilla.

Prince Hamlet & Lady Bachmann

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