Nunca morirá

Fuente de la imagen.

Quise gritar que parasen el tren para bajarme, pero me resultó imposible. Todos parecían tranquilos en sus asientos y yo, en cambio, no dejaba de moverme inquieta de un lado a otro, sin norte, sin sur, sin ningún fin. Tenía que hacer algo, lo deseaba, pero no recordaba el qué. La única imagen que venía a mi mente eran tus ojos y tu sonrisa, su color y su luz. Ni siquiera era capaz de ver tu rostro, no podía, no sabía y seguía dando vueltas de un lado a otro. La ancianita que había estado sentada a mi lado me contemplaba curiosa y seguía mis pasos por el andén. Ya en una ocasión el guardia me llamó la atención, pero me inquietaba no saber dónde viajaba y seguía vagando de un lado a otro. Estaba algo mareada y la gente parecía dejar de existir, dejar de ser. Estaban mustios y flácidos en sus asientos, como si hubiera expirado su alma, quedando sólo el cuerpo sin forma y, yo, estaba ahí; inquieta y alterada, dando vueltas sin parar. Los miraba, me miraba. Nada me parecía anormal, ni siquiera ilusorio o sobrenatural. No sabía bien si era mi corazón, mi cuerpo o mi alma quien quería salir de aquel tren. La ancianita me miraba intrépida. El tren saltaba las paradas sin detenerse; una tras otra, y cada vez quedaba menos gente en el tren. Por un momento tuve  la sensación de que el propio andén los succionaba uno tras otro. Me sentía acalorada y enardecida, pues ni siquiera era capaz de asumir todos aquellos acontecimientos. Seguía vagando de un rincón al otro del andén, comprobando las cerraduras de las ventanas, mirando desesperado las caras de las almas inexistentes, huyendo de la mirada de la ancianita. Estaba mareada y, ahora, andaba ya dando tumbos, como si hubiese tomado una ingente cantidad de alcohol. La campana del tren sonaba, pero las puertas no se abrían. El sonido me resultaba extraño. Cuando pasábamos por una estación, la campanada estridente de un entierro me ensordaba; distorsionaba mi noción de realidad difuminando y nublando mi vista. Las eses que dibujaban mis pasos eran cada vez mayores y, junto a ellas, mis náuseas. No soportaba la incesante mirada de la anciana, por lo que, impetuosa, me senté frente a la anciana dándome un fuerte golpe. Me sentí acongojada al ver la mirada de aquella señora que, tiernamente, me contemplaba. Curiosa, me examinó de arriba abajo. Sin decir nada, pude sentir cómo aquella anciana me regalaba parte de su cariño sin pedir nada a cambio. Incluso podría decir que, en cierto modo, me molestaba su mirada. No soportaba la idea de que estuviese inspeccionándome hasta llegar a las profundidades de mi ser. Ni siquiera parpadeaba cuando la miraba. Comencé a notar cómo las lágrimas resbalaban por mis mejillas. No sé bien si fueron ellas las encargadas de nublar mi vista, la ansiedad de las campanadas del extraño réquiem, o mi anhelo de escapar de la realidad, pero notaba cómo mi visión era cada vez más opaca y reducida. Cómo me sentía más anulada como persona a medida que esto sucedía y cómo iba logrando calmarme. Al borde de un ataque cardíaco sentí mi cuerpo desfallecer al tiempo que, mi alma, mis recuerdos y alguna parte de mí, quedábamos anonadadas y drogadas en aquel asiento. Cuando por fin abrí los ojos, el tren se había detenido, y tan sólo estaba aquella ancianita frente a mí. Todavía me miraba con detención. Mi cuerpo se hallaba inmóvil, dormido por completo. Sentía cómo los párpados me pesaban una eternidad. Ni siquiera era capaz de mover una sola articulación cuando, ella, lentamente se incorporó y, con los ojos bañados en lágrimas me dijo: “cariño, mientras viva dentro de ti, mientras sientas que te da vida, mientras lo distingas, quieras, respetes y recuerdes; jamás morirá. Sé fuerte. Adiós”. Al poco, la ancianita se fue, pero no pude descender del andén hasta la siguiente parada, pues mi cuerpo seguía aletargado y mi corazón turbado.

Lady Bachmann.

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