Hiperrealidad

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Fuente de la imagen: cuadro hiperrealista “Gumball” de Charles Bell.

En aquella sala había mucha gente, mucha. Andabas desconcertada, buscando a tientas algo firme en lo que apoyar tu peso y así sentirte menos pesada, creer que podías volar con solo pestañear y huir de esa marea de desconocidos que a tu alrededor se agolpaba. Seguiste andando, desechando esa idea descabellada que nunca se llegaría a  cumplir. Mil personas se habían concentrado en aquella sala por cuestiones del azar y parecía que ningún nexo les unía de alguna forma coherente. De la misma forma en que te podías encontrar a un señor en traje de etiqueta, podías vislumbrar a aquella muchacha correteando con un disfraz de pollo. Hacía rato que aquella noche había perdido sentido hundida entre las copas y los palillos pinchados de una oliva. Y tú que creías que eso nunca se servía… Siempre existe esa serie de cosas que crees que solo pasan en las películas y luego te toca vivirlas a ti. Así que te resignaste a pasar desapercibida entre ese gentío y, elegantemente, cogiste una de aquellas copas extravagantes. El líquido que lo contenía no era tan glamuroso como parecía desde fuera. Te amoldabas bastante bien con esa situación y estabas divina, claro, vista desde fuera. También sé que dentro de ti las frases bailaban inconexas y no encontraban forma de salir por tu boca. Te secaste la frente con una servilleta pequeña y volviste a dar otro trago. No sabías que desde la otra punta alguien te observaba. Todavía menos te esperas que ese alguien fuese yo.

Me armé de valor para acercarme al amor de mi vida, o sea, tú. Las piernas me flaqueaban y ahora era yo quien necesitaba un apoyo para poder seguir adelante. Me gustaría poder tender tu mano y que así al menos haya dos personas que no son extrañas en este lugar. Me gustaría poder rozar mis labios con los tuyos y sellar nuestro sentimiento a fuego. De hecho, me gustaría hacer tantas cosas que no hice nada. Cuando estoy por fin delante de ti, dejo de estar, dejo de ser. Me da igual quien está a tu lado, al mío o quién nos vigila como yo lo había estado haciendo instantes antes. Lo sabía. Sabía que te había conocido antes aunque ni supiese tu nombre. No hace falta que lo digas, ello no iba a cambiar nada. No quiero que empieces a contarme de dónde eres, quién eres, de donde vienes y qué esperas hacer en adelante. ¿Sabes por qué? Porque la mitad de las cosas no se van a cumplir. Si ahora mismo te dijese que esta fiesta nunca tuvo lugar y que en vez de estar rodeados de desconocidos, estuviésemos juntos, solos, al lado de la playa y escuchando el rugido del mar, te verías forzada a creerme porque no importa lo que nosotros llamemos realidad. De hecho, no existe una realidad. La imaginación guía todos nuestros actos y construye edificios de realidades que se pueden fortalecer con hormigón y puertas blindadas o se pueden echar al suelo con solo pestañear. Así que, por una vez, hazme caso. Escucha mi consejo. Toma mi mano, agárrame fuerte, porque si quieres, tú y yo, ahora mismo, sacaremos esas alas que tanto ansias tener y volaremos donde queramos. Donde nos dé la gana. Piensa en aquella playa paradisíaca de la cual tienes un poster colgado en tu habitación. Piensa en esa isla desierta donde Robinson Crusoe se perdió. No solo podremos cambiar de lugar sino también de tiempo. Podremos correr entre las calles infestadas de peste o irnos a la Luna, donde dentro de 1000 años quién sabe lo que habrá. Venga, hazlo. Déjate llevar. Ven conmigo.

 

Mademoiselle Ball.

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