You can not burn out if you are not on fire.

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No recuerdo ni predigo. Tan solo te miro. Te miro a través del cristal sucio, te miro a los ojos, te miro de reojo, te miro una y mil veces porque no puedo dejar de hacerlo. No importa el lugar, las condiciones, tu mirada o mis ojos cansados de tanto hacerlo. Tan solo dejo de verte durante esa fracción de segundo en la que pestañeas y coges fuerza para seguir mirando tu objeto de culto. Por los poros de mi piel se va diluyendo una sensación de júbilo que hace días que recorre mis venas. Empiezan a salir chispas, quemo, ardo. El contacto con tu piel podría desatar un incendio pero no me importa. Me recluyo en tu mirada y sigo poseída por la fuerza de tus pestañas al parpadear, por tus cejas tan perfectamente perfiladas y en cómo focalizas cuando miras a algún objeto fijamente. Podría estar así horas y la verdad es que ya he perdido la cuenta de cuánto tiempo llevo admirando tu mirada. Me siento desvanecer por momentos y acabo creyendo que de verdad en cualquier momento arderé y gritaré por última vez tu nombre. Empiezo a vibrar, más bien, a temblar. Estoy mirándote y apagando mis llamas con un llanto que no proviene de mis ojos, sino que cae desde mi ombligo y moja mis pies. En mi cuerpo se mezclan dos de las más potentes fuerzas que forman la tierra. Agua y fuego. Al suelo caen pequeñas chispas que encienden llamas y que automáticamente son apagadas por el diluvio que por mi ombligo emana. Me intento acercar a ti pero una fuerza mayor me impide hacerlo. Estoy falcada al suelo como si hubiese echado unas raíces que crecen con fuerza bajo el suelo, ganando fuerza, arrastrando toda vida por el subsuelo y dejando ahí un rastro que nunca nadie podrá borrar.

Miro al cielo y por vez primera aparto la mirada de ti. No hay nubes ni un cielo despejado sino que una humareda roja se mueve constante en lo que yo antes hubiese llamado cielo. Cierro los ojos, respiro. Ya acabó el sufrimiento de los recuerdos que no puedo alcanzar, del futuro al que no puedo pisarle los talones. Por ello me centro en lo que ahora mismo vivo.  Llego a la conclusión de que por eso mismo ardo. Ardo y lloro, al mismo tiempo… Una vez cerrados los ojos, no pasan imágenes por mi cabeza ni veo lo último pasar que todo humano ve en ese instante en que ahoga su último suspiro de vida. Te sigo viendo a ti, mi amor, mi vida. Me miras y me sonríes contagiada por mi propia sonrisa. Palpo mi boca caliente, me toco los dientes para cerciorarme de que ahí están y acabo por desvanecerme al suelo, provisto de llantos, fuegos apagados, recuerdos olvidados y futuros sueños frustrados. No ardí como el ave fénix para resurgir de mis llamas. Poco a poco me fui consumiendo. Y para nada me entristecí. Tan solo me apagué como una vela que se consume al haber quemado toda su cera. Tan solo me dejé ahogar por los ríos y afluentes de mis pensamientos. Me dejé quemar viva por las frustraciones y allí reposé. Por fin, tranquila.

Mademoiselle Ball.

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