Inefable locura

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El calor de aquella noche era sofocante, inaguantable. No dejaba de dar vueltas en la cama. Hasta podía notar cómo las gotitas de sudor resbalaban por mi frente y cómo las sábanas de adherían a mí de un modo asfixiante. Ardorosa y angustiosa quise levantarme, pero no podía. Me sentía demasiado exhausta y fatigada por el calor. Como si estuviera amordazada en una prisión aislada comencé a sentirme incapaz de mover un sólo dedo, pero no podía moverme. La habitación seguía igual, la mesa en su sitio, la cortina retirada, mi tintero en su sitio, tu marco de fotos sobre la mesilla de noche y mi cuerpo, casi moribundo ya, sobre la cama. Estaba alterada, el calor me agobiaba y sólo quería levantarme y dirigirme hacia el escritorio para hacer danzar a mi pluma, pero mi cuerpo, ahora inerte, se obcecaba con reprimirme. Cada letra que acontecía en mi mente me desesperaba al recorrer las extremidades de mi cuerpo y sentirse incapaz de salir. Rebotaban, resonaban y gemían los ecos de mis palabras, de mi ruda poesía y de mis lúcidos anhelos. Por un momento quise creer que era un sueño, que todo había sido una ilusión, pura ficción. En cruz estaba tendida sobre la cama, mirando al techo, viendo las estrellas que, libres, se reían de mi cautiverio. Sin desearles mal alguno, las condené a la vida eterna, entregándoles parte de mi alma a cambio de un respiro, de un pedacito de su libertad. La noche anterior había abusado del vino y alguien quería vengarse de mí, reteniendo mi cuerpo en la cama, abusando de mis palabras encadenadas que se veían incapaces de salir a la luz y, ahora, odiaban la frescura de las ligeras estrellas. Focalicé toda mi energía en el tintero, en las estrellas y mi cuerpo. Lo único que deseaba era incorporarme y, moribunda, plasmar aquella horrible y oscura sensación. Mi cuerpo ardía, pero las palabras que reclamaban su libertad y ansiaban nacer, eran frías y estaban casi congeladas. Quizá ese helor era lo que provocaba la sensación de ardor, que poco a poco calcinaba toda humilde fuerza para incorporarme. Una gotita de sudor resbaló hasta mis labios, dejando un sabor amargo que alteraría todavía más mi inestable estabilidad. Con esfuerzo levanté mi brazo derecho, acercando la mano a mis labios y me limpié esa gotita. Pensé que enloquecía al darme cuenta de que esa perla transparente era la tinta que solía utilizar para escribir las cosas importantes. De pronto, todo mi cuerpo comenzó a parecerme un mar de tinta infinita que bulle sin premisas y que, ahora, se mostraba ante mí como la explosión de mis palabras. Agónica me incorporé sobre la cama. Me sentí al borde de la desesperación, sentí que alguien se había encargado de mecerme en los brazos de la locura y, las estrellas, habían sido sus cómplices. Como el que se lanza al vacío en un precipicio, me dejé caer yo de mi cama, golpeándome fuertemente el costado derecho, pero ya no sentía dolor. Las gélidas palabras habían paralizado mi cuerpo. Como una babosa logré arrastrarme hasta el escritorio, en el cual pude incorporarme. Lo último que recuerdo es haber cogido la pluma y haber sentido una fuerte oleada de calor, que calmaba ese helor que tanto me atormentaba. Pude sentir mi cuerpo vibrar, estremecerse y tomar vida propia, como si la personificación del Libido diera una tregua a mis extremidades para permitir el nacimiento de tales preciosidades. Palabra tras palabra iba aconteciendo, absorbiendo la tinta de mi ser, plasmando sobre el papel todo cuando me abrasaba. Lo siguiente que recuerdo es despertar a la mañana siguiente tumbada sobre el suelo, en posición fetal, tiritando de frío y con el poema más bello jamás escrito entre mis manos. Estas, a su vez, se habían manchado de tinta y, ahora, en ellas podía divisar palabras como “silencio agónico”, “amor incandescente”, “palabras afónicas” o “inefable locura”. Sin duda, ese sería el título de mi creación; inefable locura.

Lady Bachmann.

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