the heart of the matter

Fuente de la imagen.

Era tarde y estabas frente a mí, con aquellos grandes ojos. Mirándome, inmóvil. No decías nada, absolutamente nada, al menos nada que yo pudiese escuchar, pues todo estaba dicho. Te limitaste a seguirme con la mirada mientras me retiraba las gafas, colocándolas sobre mi cabeza.

Me divertía observar cómo contemplabas el ambiente, cómo la luz que entraba por la ventana de mi derecha alumbraba tenue tus hombros. Soy demasiado cobarde y sé que buscabas con la mirada lo que no me atrevía a decir con palabras. Me gustaba el contorno de tu figura a contraluz, la impresión que en mi provocabas, todo. Diste dos pasos al frente, quedándote a escasos centímetros de mí, pero seguía sin saber qué decir.

Nunca he sabido cómo decirte que me estremecen, ya no sólo tus palabras, sino también tu presencia. Cada uno de esos escasos centímetros no era sino la tregua que permitía que yo siguiera respirando y conviviese con mi acelerado corazón. Mi ritmo cardíaco aumentaba con tus tenues y lascivas miradas de deseo, que sin pudor, fijamente me contemplaban. Me moría de ganas por gritarte cuanto sentía, por abrazarte y romper esos helados centímetros. Todo el eco de mis palabras, había pasado a formar parte de tus silencios.

Tu simple presencia podía conmigo, me desarmaba, pero me conformaba con saber que por algo similar atravesabas tú este silencioso momento. Sabía que sentías tener el mando de la situación, pero me era indiferente. Siempre me diste mil vueltas en madurez, por ello, siempre me gustó tu firmeza ante mis flaquezas. Siempre has sabido cómo tratarme, incluso antes de mirarme a los ojos sabías qué deseaba, añoraba o te pedía… No me pilló desprevenida tu beso, quizá por eso, no me sorprenda el hecho de seguir derritiéndome con tu simple presencia o la difusa imagen de esta. Me besaste, sí. Amo esos besos, besos que lo dicen todo sin gritar nada, besos que acarician tu piel, acurrucan tu ser y arrullan tu cuerpo.

Te apartaste antes de seguir besándome. Siempre, siempre te ha gustado provocarme de ese modo y sabíamos que de no haberte separado, durante demasiados segundos seguidos no me hubieras vuelto a mirar a los ojos. Resulta perverso, pero me gusta. Sé que sólo querías mi rendición ante ti, una súplica, un delirio provocado por el deseo para que mis labios volvieran a rozar los tuyos.

Me vuelve loca tu mirada, me debilita y me fortalece. Pero también hace que pierda toda cordura. Yo sólo deseaba tus besos, que tus besos envolviesen todo mi cuerpo como estábamos pensando y deseando en silencio. Me aproximé hacia ti con el único fin de besarte, de buscar esos besos… Te apartaste. Te miré y sonreíste. Sólo me atreví a susurrarte al oído que te deseaba más que a mi propia vida. Sentí cómo te estremecías y debilitaba esa integridad tuya.

Mirándome desabrochaste tu camisa, con una media sonrisa los botones iban desapareciendo, desnudando tu piel y dejando a flor de piel mi deseo. Tímida y nerviosa te contemplaba. Cogiste mis manos, colocándolas a ambos lados de la camisa, incitándome a quitártela yo. Bajaste la mirada, contemplando tu cuerpo, y poco después, volviste a mirarme fijamente. Siempre lograbas llevarme donde tú querías… acariciaste mi cara con las dos manos, dejando que sintiera todo el cariño que me proferías, que me regalabas, entrelazando tus dedos a mi cabello me acercaste a ti, despacio…

Sujetando mi cara me besaste tiernamente, pero yo no podía contenterme y, mientras tanto, desabrochaba tu camisa… Aquellos besos no me resultaban tan inocentes, no cabía duda de ello. Yo sólo deseaba… yo sólo quería… sólo te deseaba a ti. Para mí, conmigo. Y allí estaba, junto a ti.  Metiste tus manos bajo mi camiseta acariciando mi espalda y aproximándome nuevamente hacia ti.

Mi piel casi quemaba tus manos. Suave a la vez que tersa. Me apretabas contra ti, y nuestros besos eran cada vez más poderosos, cargados de todo lo que llevábamos dentro…Podías sentir mi saliva cada vez que bajaba hacia tu cuello…, sino, no te estremecerías de aquel modo.

Tú no lo sabes, pero yo adoraba bajar a tu cuello, pasearme por él. Me encantaba perderme entre tu camisa y tu piel… ese pequeño hueco que quedaba. Me retiré un poco y, mirándote, te quité la camisa. Me sonreiste. Te sonreí. Te amo, logré trémula decir. Acto seguido, me quitaste la camiseta azul y te levantaste, llevándome contigo hacia el sofá, apoyándote en el respaldo.

Una vez allí, no lograste hacer mucho… más que mirarme y, con tus manos sobre mi cadera, sólo conseguías acariciar mi cuerpo, siguiendo el contorno y la curva de mi cintura.

Me gusta cuando te quedas quieta, inmóvil. Me miras de ese modo, mientras tus manos se pasean por mi cintura, tan indecentes como tu mirada. Aferraste mis caderas a las tuyas y nos diste la vuelta con cierta brusquedad, quedando yo apoyada sobre el sofá y tú, ante mí.

Conseguiste agarrarme por la cadera y sentarme sobre el respaldo del sofá, quedando entre mis piernas, con tus manos sobre mis muslos. Te acercabas a mi boca para casi devorarla.

Me gustaba el movimiento de tus manos acariciando mis muslos. Tras cada caricia más te deseaba… te acercaste y me besaste. Sólo deseaba unirme a ti, ser tú, que fueras yo… sólo deseaba dejarme llevar por ti, que me enseñases a perder la cabeza.

Te volvía loca notar cómo casi temblaba. Mordías mi labio inferior de la manera más suave que podías, notando mi respiración en tu boca, cada vez más acelerada. Apoyaba mi mano en tu pecho, sintiendo todos y cada uno de los latidos de tu corazón, casi al unísono de los míos. Llevé tu mano a mi cara, para conseguir que la acariciaras. Besaba la cara interna de tus muñecas y tus brazos como si todo se centrase en eso.

Me asfixiaba por el calor que desprendían los poros de tu piel al rozarme. Me llegaban al alma aquellos mordiscos, tan suaves… aquellos besos que reprimías antes de estallar y buscarnos inconscientemente dejando todo lo racional de lado. Hasta ese momento aún decidías dónde pausarlo todo, cómo retenerme. Oh, Dios. Tienes una piel tan suave… me encanta besarte. Adoro acariciarte la cara y que me mires al tiempo que lo hago yo, que se encuentren nuestras miradas.

Te derretías al ver cómo reaccionaba ante tus manos recorriendo mi cuerpo. A cómo tus dedos abrazaban mis muslos e intentaban colarse entre la cintura de tu pantalón corto y tu piel, rozando con la parte exterior de mis manos, tu vientre. Pegabas mi cuerpo al tuyo, y acercabas mi cara a tu boca para escuchar mi agitada respiración.

Siempre tuviste esa facilidad para llevarme al límite, para hacerme perder la cabeza. No podía más. Me incorporé, me puse de pie, intenté hacerme con la situación, besarte, hacerte mía… no me dejaste. Siempre te gustó jugar… yo sólo quería hacerte disfrutar, sólo quería calmar de un modo sano todo ese calor que desprendía mi cuerpo con tus caricias. Sólo quería causarte uno semejante a ti. Intenté incorporarme. Retiré tus manos de mis muslos y las puse tras tu espalda tratando de llevarte a otro lugar donde pudiese acercarme a ti y no te resistieses. Pero no me dejabas. Te resistías.

Al llevarte las manos a la espalda, conseguía que te acercaras más a mi, a mi cara, a mi pecho. Jugaba a tener más fuerza que tú, intentando maniatarme, y sólo conseguí que acabáramos en el suelo, yo tumbada boca arriba y tú sentada sobre mi, sujetándome las muñecas contra el suelo, inmovilizándome, contigo encima tentanto a mi boca.

Intenté revolverme, al principio te resistías, pero luego dejaste que lo hiciera y te tumbé sobre la alfombra. Me tumbé sobre ti, un tanto retirada. Coloqué una de mis piernas entre las tuyas y sujeté yo ahora tus muñecas. Mi boca no pudo resistirlo y se perdió entre tu cuello. Te di un beso suave, me retiré un poco, te respiré. Te estremecías… yo sabía qué deseabas.

Te besé el cuello, te movías, pero sin resistencia, todo lo contrario. Me incorporé un poco… ya no hacía falta sujetar tus muñecas. Estabas ahí, inmóvil, mirándome. Me encantaba levantarme un poco y mirarte cuando estabas en ese estado… tus ojos desprendían una mezcla de amor y deseo que me hacían perder la cabeza…

Volví a tu cuello, a tus labios. Recorriendo a besos desde tus labios, hasta tus orejas, pasando por la mandíbula con suaves besos. Aún recuerdo el suave gemido que se te escapó cuando empecé a jugar con la rodilla de la pierna que quedaba entre las tuyas. Aproximé mi rodilla hacia tus muslos, hacia tu sexo… te besé el cuello, acariciando tu sexo con la rodilla derecha… gemiste…

Claro que lo haría… Dios, sin pensarlo dos veces y más sabiendo que lo deseabas… más sabiendo eso… Antes de que te dieses cuenta y empezases a moverte puse la mano derecha sobre tu muslo izquierdo y lo acariciaría. Acto seguido miré mi mano estando yo algo incorporada. Te miré y recorrí con mi dedo índice el interior de tus muslos hasta llegar a tu sexo, el cual apenas rocé con la parte exterior del dedo índice hasta tu vientre… Mirándote a ti y a mi dedo, intercalando esas miradas… jugando a ver tus reacciones me hallaba.

Me miraste, te miré. Apenas podías hablar y te limitaste a susurrarme que te hiciera el amor. Al tiempo que cogías mi mano derecha. La agarrabas con suavidad, la sujetabas tan delicadamente… aproximaste mi mano a tu boca y besaste el exterior de la mano. Mi mano, tú y yo nos paseamos por tu pecho, por tu tripa, por tu vientre… yo quería besos, mucho más,  pero me deseabas. Ardías y yo ansiaba buscar tus llamas. Te desabroché el pantalón como pude mientras te robaba un beso poco decente. Mientras te quitabas, antes de que me diera cuenta, los pantalones. Te encantan los besos poco decentes y más en aquella situación. Yo sabía que en esos momentos te hacían enloquecer.

Tú sólo deseabas que te hiciera el amor y yo sólo quería besos… jugué a hacer el mismo recorrido que mi mano; primero tu boca… un beso poco decente en tu boca. Después fui bajando… besando cada milímetro hacia abajo sin dejar de jugar con mi rodilla derecha… Cuando más me aproximaba a tu vientre y piernas… más te estremecías, más te agitabas, me deseabas, tanto como yo a ti.
Me coloqué entre tus piernas… te miré fíjamente. Suspirando te dejaste caer sobre la alfombra… besé tu vientre. Me miraste… te quedaste medio incorporada viendo cómo besaba tu vientre. Al hacerlo te miré y continué bajando… besaba tus muslos cuando suspirabas y notaba cómo se erizaba tu piel… Me aproximé hacia tu sexo sin tocarte… Sólo dejaba que sintieras mi respiración agitada ante ella. Besé tu ropa interior inocentemente y, con delicadeza, te la quité… Hacía rato que sobraba. De tu integridad física hacía rato que quedaba poco…

Continué besando tus muslos y tú cada vez suspirabas más fuerte. Yo besaba el interior de tus muslos, acariciaba el exterior de estos puesto que tenía mis brazos enlazados a ellos, pasando por abajo de ellos, aferrándolos a mí, de modo que podía abrazarme a ellos.

Te tenía allí, dócil… no iba a hacerte nada que te perjudicase y por eso mismo, porque lo sabías te rendías ante mí de aquel modo… besé el interior de tus muslos de modo progresivo, acercándome a tu vagina… tú sólo querías que dejara de provocar, que me acercase… ibas a estallar… Me acerqué. Me quedé frente a tu vagina, respirándote de nuevo, pero esta vez no tenías ropa interior así que el suave beso lo notaste y acto seguido percibiste el cálido escalofrío que recorrió tu cuerpo, haciéndome partícipe de ello.

Te besé con cuidado pero sabía que no querías eso… Aquello estaba húmedo, como yo quería. Me encanta lamerte cuando estás así de dócil.. porque sé que todo ello es puro placer.
Te lamí progresivamente de abajo hacia arriba… sin detenerme en ningún punto. Acto seguido me incorporé un poco. Te miré. No podías ni moverte.

Suspiraste y volví a acomodarme entre tus piernas. Dejé de lamerte de aquel modo y besé tus labios como si fuera tu boca. Con cariño, suavemente. Tanto tú como yo sabíamos qué queríamos… con los ojos cerrados. Me acerqué hacia tu sexo de nuevo, besé tu clítoris…
Me resultaba entretenido aquello… me gustaba ver y sentir cómo con cada lametón y beso te estremecías…

Estabas al borde del estallido y apenas te había tocado. Subí haciendo el recorrido inverso con el que había descendido. Me tumbé sobre ti. Te miré fijamente, pero apenas eras capaz de mantener la mirada. Te besé… con cariño y susurraste que te morías porque te hiciera el amor como jamás a nadie se lo había hecho.

Por primera vez te toqué con la mano… Dios, aquello sí que estaba húmedo…
Te estuve acariciando aún estando encima de ti. Pero esta vez te miraba a los ojos, o, mejor dicho miraba tu figura que se hallaba desnuda bajo mis besos… tenías los ojos cerrados.
Introduje dos dedos en tu vagina, con cuidado, con mucha delicadeza y te besé. Pero no me devolvías el beso, estabas sin estar. Te besé y descendí de nuevo entre tus piernas
Te obligué a abrir las piernas aunque, resistencia, hacía más de una hora que no oponías
Volví a jugar con mi boca, tu vagina y el clítoris. Con la mano te penetré…
Soltaste un gemido que me acompaña cuando pienso en ti. Moviste tu cadera… aquello era buena señal. Te gustaba, estabas a gusto… Me encantaba hacerte perder la cabeza.

Y aquel día, en aquel lugar, iba a hacerlo…

como nunca antes lo había hecho
Ni yo, ni tú, ni a ti…

Empecé a besarte el clítoris y a tocarte por dentro de tu vagina

de un modo rítmico, sin detenerme.

Al poco me acompañabas tú moviendo la cadera…
Busqué tu mano derecha con mi mano izquierda

aún cuando tenía los ojos cerrados, quería tu mano.

Quería tus caricias.

Quería sentir tu presión.

Me la cogiste pero no siempre eras capaz de sostenerla.

Cuando te daban esos latigazos de calor la soltabas.

Dejabas de ejercer presión justo después de aferrarme a ti.

Me perdí dentro de tu vagina

jugaba con la parte superior dentro de ella.

Jugaba a besarte, a llevarte al límite, a retroceder…

a volver con ferocidad

a escuchar la melodía de tus gemidos

jugaba a hacerte perder la cabeza…

jugaba a hacerte mía

Sólo quería hacerte llegar al cielo

Quería poner ante tus pies todo cuando tenía ahora al alcance…

Estabas en él, ángel, pero quería hacerte perder el sentido

No quería que me sintieras por un instante

Sólo deseaba que sintieras la oleada de calor

y agitándome como podía

agitando mis movimientos

Cada vez menos rítmicos por tus bruscos movimientos

comenzaste a arquear la espalda

a gemir más fuerte

pero mantenía la postura como podía

me mantuve hasta que te escuché

hasta que escuché aquello que anhelaba

hasta que gemiste de tal manera

que notaba cómo tus músculos contraídos

incansables e incontrolables

acariciaban mis dedos, aún dentro de tu vagina
Me quedé inmóvil…

Quieta…

En silencio…

No quería moverme todavía…

Te habías calmado pero si movía un sólo dedo…

volvería a sentir cómo contraías los músculos

gemirías de nuevo..

Me limité a cerrar los ojos, besé tu vagina suavemente. Te estremeciste. Me estremecí. Subí un poco hacia arriba y apoyé mi cabeza sobre tu vientre, sobre el cual me recosté. Besé tu vientre y te dije que te amaba.
Ni siquiera pudiste contestarme.
Pero no hacía falta.

Bachaman sin Lady.

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