Ficticia realidad

Fuente de la imagen.

 

Nadie me dijo que todo iba a transcurrir de este modo. No, nadie me lo advirtió. De mi cabeza nacía todo y, desde ahí, quería comerte, pero mi boca ya no servía para ello. En mi sueño te devoraba con la mirada y tú, sonrojada, me regalabas un esbozo de tu más sincera sonrisa. Nada era nítido. Tu figura se presentaba ahora ante mí como si de un cuadro expresionista se tratase; las facciones de tu cara habían sido trazadas con unas gruesas pinceladas y, tus ligeras ropas, tenían unos tonos chillones que desviaban mi atención hasta tus ojos. Me impactaba la expresión de tu cara, cómo sabías que era capaz de divisar las mil historias que escondías, al igual que era capaz de devorarte en una milésima de segundo mirándote fijamente a los ojos. Demasiados impulsos inmovilizados, silenciados, amputados. Ahora nada se interponía entre tus ojos y los míos, tan sólo tu esbelta figura, que también reclamaba atención. Sobre tus hermosos hombros caían delicadamente algunos mechones rebeldes que tú ignorabas percibir, pero yo admiraba. Tu cuerpo era como una marmórea escultura griega casi perfecta. Existía un cierto punto disonante que me alteraba sin ser del todo consciente de ello. Tus ojos. Entre el vaivén de mi mirada siempre terminaba topando con estos. Conocía a la perfección tus ojos ya que, al fin y al cabo, era lo único que había logrado amordazarme a ti. Sabía que los que te habían pintado no correspondían a los tuyos. No podían serlo puesto que no se atrevían a alzarse fíjamente contra los míos, sino que, por el contrario, se limitaban a contemplar con humildad. Pocas ropas llevabas, pero todavía veía yo menos y tu cuerpo se me antojaba como un viejo refugio, como un anhelo palpable que podía amar sin ni siquiera acercarme a él. No buscaba tu compasión, tampoco tu sexo. Sólo quería sentarme a tu lado y mirarte, contemplarte hasta que sintieras cómo me adentraba en lo más profundo de tu ser, cómo sucumbía ante tus deseos, cómo no me aproximaba a menos de 10 centímetros nunca. Todo era difuso y colorido, pero era como estar en el cielo, como si todo ello fuera el producto de una ilusión tras ingerir cualquier tipo de sustancia tóxica. Estaba casi segura de haber ingerido la vitalidad de tus ojos y el aroma que desprendía tu cuello, pero todavía no había probado la saliva de tus labios. Todo ello, mi veneno. Te miraba fijamente, pero no lograba que devolvieses mi mirada. Alcé detenidamente mi mano derecha y, sobrepasando el límite, me aproximé con ella a tu cara. Tu respiración erizaba el vello de mi piel, pero tus ojos seguían adormecidos. Tímidamente, aunque con decisión, acerqué mi mano a tu boca, acariciando la saliva de esta con el índice y el corazón. El reloj no se había ralentizado, pero sí lo hizo tu mirada que, paulatinamente, dejaba que entrase en tu perímetro visual. Como la luz de un sueño,  me miraste fijamente y largamente parpadeaste. Creí padecer el síndrome de Sthendal pero, tú habías cobrado vida y era yo la que ahora dormitaba en el más profundo de los sueños.

 

Lady Bachmann.

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