Sepukku

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Desperté con una extraña sensación. Un invisible pero intenso aroma a sangre seca azotaba mis sentidos violando el aire de la habitación.

Asustado miré a mi alrededor, pero no había sangre, no había nada extraño. Sólo estaba la soledad de tus brazos. Nunca me había sentido tan solo como esa noche a tu lado.

A tu lado sólo olía a barro y lluvia. Sentía nauseas por tu vacío.

Vi que te deshacías y tu sombra se convirtió en un denso humo con olor a agrio incienso.

Me quedé solo con el aroma de la sangre. 

Notaba un fuerte dolor en el pecho, busqué mi corazón, pero seguía latiendo en el último cajón de la mesilla de noche. Lo cogí, lo acuné un poco y lo volví a dejar en su sitio.

Pero el dolor seguía latente en mi pecho. Me desgarraba como un grito sordo bajo el agua, me quemaba el pecho, me alteraba, me desesperaba.

Busqué por las paredes y todo seguía igual, las mismas secas estrellas que cuento cada mes, pegadas con miradas y suspiros. Ahí seguían observándome, susurrándome guiños.

El ambiente se enrarecía por momentos, todo se volvía azul oscuro… Me mareaba, me narcotizaba el viento que nacía entre mis pies y el suelo. Las paredes se convirtieron en amargo papel de arroz.

Busqué en el armario, pero no encontré las lágrimas, ¿ dónde estaban mis lágrimas? Siempre las guardo, las clasifico por colores y por dolor. Pero no estaban.

¿ Cómo era posible ? Seguí buscando por mi habitación, no estaba la caja de abrazos, ni el frasco de suspiros.Sólo encontré un poco de agonía en un rincón mezclada con soledad.

Algo raro pasaba en mí, mis sentimientos hervían y se transformaban en palabras, en muecas y extrañas sonrisas histéricas.

De pronto todo se volvió oscuro, ya no había nada a mi alrededor, nada. Ni si quiera sé si yo mismo seguía estando.

Deshice mis pasos en la historia, borré las palabras de mis manos, callé mis pensamientos, Me senté en la nada, sin corazón, sin nariz, sin ojos, sin fortuna, sin matices, sin colores ni aliento.

Sentado en la eternidad, sin contar si quiera los pequeños segundos que tartamudeaban en mi mente, noté como alguien o algo dejaba caer sobre mis hombros algo que me devolvió un poco de luz. Era una pieza de seda, que hizo que recobrara momentáneamente el sentido del tacto.

Por fin lo entendía. Entendía el olor a sangre, entendí la oscuridad. Era un sepukku, un autosacrificio de sangre, de sangre invisible y densa. 

Comprendí por fin el dolor y en silencio descubrí que si tenía algo enfermo y moribundo era mi alma, si es que el alma puede estarlo.

 

Herr Hofmy

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