Querida Kumiko

Fuente de la imagen

Fuente de la imagen

Querida Kumiko:

            No sé si tú lo recuerdas, pero la mañana en la que me indultaste llevabas uno pantalones amarillos recién recogios de la tintorería y tenías los ojos tristes a pesar de llevar un alegre motivo floral en la solapa. No había rastro de carmín en tus labios y tu rostro era tan limpio y fresco como un caracol despierto.  El hombre que estaba frente a ti desprendía el olor habitual de los humanos, esa  mezcla ácida y dulzona que producen un amasijo de sangre y sudor fundidos. Tambíen tenía una corbata roja. El tinte reciente disimulaba tu olor corporal.  Hacía frío.

Os recuerdo en silencio. No nos habíamos visto antes y nunca más volveríamos a hacerlo. En aquel momento, vosotros tampoco sabíais que aquel era el último día en que vuestras miradas volverían a cruzarse.

Yo os observaba desde abajo con sorpresa, escondido entre la guarnición, atento y callado, completamente inmóvil. Su voz era demasiado grave para mí y resonaba en mi cabeza destruyendo poco a poco mi sistema auditivo. Kumiko, te decía, no puedes marcharte así. Tanzania está muy lejos de Osaka, a miles y miles de minutos, y puedes encontrar muchas piedras con las que tropezar en el camino.

Pude percibir tus vocablos apenas unos segundos después. Lo hice gracias al moldeado de tus labios cortando el aire para dibujar la monotonía, el desamor, la traición, el fracaso y, que sé yo, un montón de expresiones que para un nishikigoi común como yo resultaban completamente desconocidas. Lejos de descifrar el significado real de tus palabras, cada segundo que pasaba me sentía más afortunado de haberme convertido en la petición de una preciosa japonesa que desprendía el excitante aroma del detergente barato. Por otra parte, tu voz suave y ligera dulcificaba una agonía a la que, sin saberlo aún, estaba condenado desde mi nacimiento.

No me dejes, repitió el humano tapando sus ojos. Kiko ha desaparecido para siempre de mi vida.  Lo nauseabundo de la mentira alcanzó de nuevo mis orificios olfativos, pero ante la imposibilidad de delatarle, decidí hacer caso omiso a todo lo que me rodeaba amparándome en el estado de embriaguez que me producía tu presencia. Sólo una vez sentí la fría punzada en mi costado,  y fue en entonces cuando intenté alacanzarte e introducirme entre tus atributos humanos rompiendo así todas las barreras de la naturaleza. Mis esfuerzos fueron inútiles, apenas un apéndice de mi cuerpo se movió,  y la impotencia ni siquiera pudo contener un exceso de pasión que consumía mi aire a pasos agigantados. El acero me atravesó un poco más. Estaba claro que jamás podría triunfar en aquella empresa. Mientras tanto, él seguía mintiéndote con impunidad.

Cuando mi vista ya comenzaba a nublarse y la boca me alcanzó una dimensiones descomunales, obcecada en robar una última bocanada de aire, sentí una agradable lluvia salada en mi cara. Abrí los ojos por última vez y comtemplé el torrente de lágrimas que se desprendían de tus ojos. Al principio, me sentí extasiado por poder probarte, por beber una parte de ti, sin comprender que, en realidad,  mi boca estaba invadida por el sabor de la tristeza humana. De repente, todo se volvió amargo. Cerré los ojos convencido de que aquello era el fin y, gracias a mi confusión, no tuve que ver como abandonabas precipitadamente el restaurante, aunque pude oir al hombre jadear tu nombre.

Durante los minutos que siguieron a tu marcha experimenté una extraña sensación de contacto con el aire que me resultó placentera y similar a la que había sentido durante toda mi vida: era la ingravidez, ese roce directo de uno de los elementos contra mi cuerpo. Convencido de regresar a mi lugar de origen,  grabé nuestro encuentro a fuego en mi mente, por si, quien sabe, mañana regresabas de nuevo o el destino me llevaba a ti por segunda vez. Sólo pude recordarlo siete veces y, por cada recuerdo, volví a enamorarme de ti. Siete veces enamorado. Siete veces la sal invadiendo mis fauces. Una punzada metálica. Mi costado supurando siete veces y siete bocanadas de aire perdido.Y dos palabras que jamás olvidaré: Kumiko y Kilimanjaro.

Aquellas dos palabras resonarán en mi cabeza durante el resto de mi existencia. Me hacen daño, pero están clavadas con tal fuerza que ni la pala empujándome ni el motor de los extractores de aire, potentes y metálicos, pueden arrancarla de mi mente. Tus lágrimas, Kumiko, renacieron mágicamente en mis ojos convirtiéndome en humano justo en el momento en que comencé a caer. Sentí la falta de gravedad de nuevo. El elemento contra mi cuerpo. El líquido agridulce que me hace resbalar.  La madera que me empuja. Ahora siento  el roce. Mi roce contra la porcelana tibia.  El roce de mi cuerpo, el cuerpo de un pez Koi, una carpa común, cayendo junto a la guarnición de algas Nori y salsa de soja, deslizándome irremediablemente hacia un vacío relleno con los despojos de los humanos.

M.Byron

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s